miércoles, 27 de julio de 2011

Las mil y una Evas

Si, claro que la recuerdo. Su imagen y lo que significó son una unidad. La recuerdo a través de su voz exigente, de su actividad política incansable, de su personalidad arrolladora, de su lenguaje fogoso, de sus charlas a mujeres, de sus contactos con ancianos y niños. Con cada actividad puedo recordar las correspondientes imagenes que se difundían. La del peinado banana del primer tiempo, la del traje blanco en la gala del Colón, la del tapado de piel en el balcón en su viaje a España, cubierta con la mantilla en su visita al Vaticano, la de las botas y el pelo suelto de las tardes campestres de San Vicente; la del vestido a lunares pateando una pelota en la inauguración de los campeonatos "Evita", la del traje sastre a cuadritos que le diseñara Paquito para sus tareas en la Fundación, la del día del renunciamiento llorando sobre el pecho de Perón, la de las charlas en la CGT, rodeada de los dirigentes en camisa, la del último contacto con el Pueblo, cuando acompañaba en el auto descubierto al General después de asumir el segundo mandato, con el tapado de piel que disimulaba el corset de alambre que le permitía estar de pié, la del rostro afilado y ojos tristes de los últimos días, la foto yacente en el velatorio y la cruel foto, de la devolución del cadáver, con señales evidentes de su profanación.
Con cada foto se enhebra un recuerdo, 
estos son los míos y como yo, así cada uno pudo armar "su propia" Evita, con las propias vivencias y con los relatos que el paso del tiempo nos acercó. 
Nadie ni nada pudo sentirse ajeno a su persona.
Amores y odios llenaron el espacio que la rodeaba.
 
Comenzó a trascender mas allá de su medio artístico en el 44, cuando yo orillaba los 7 años y ella protagonizó junto con otras artistas una colecta de solidaridad para beneficio de los damnificados por el terremoto de San Juan.
Nada que a mi me interesara especialmente, mas involucrado como correspondía a las actividades propias de la edad, llamemosle fútbol, ya que aprendi a deletrear hojeando El Grafico y el Billiken, donde me apasionaban las andanzas de la barra del mítico club Sacachispas y sus héroes, el Comeuñas, el Lecherito y Pan de leche.
En los vaivenes de Octubre del 45, Evita Duarte, ya era una persona que aparecía en revistas de la radio y el cine, que junto al tango, el turf y al fútbol, eran los berretines de la época.
Después vendría el 17, y en esos dias inciertos, se casó con el perseguido Coronel y ya nadie la podría ignorar.
Para mis ocho años era una figura fantasmal que acompañaba en los actos proselitistas al Coronel, que apenas si asumía alguna identidad para mis ojos infantiles.
Seguramente mi madre la conocía como artista de radioteatro, a la que era aficionada, mas que mi padre, que ninguneaba cualquier veta artística; a 500 km de la capital la única figura nítida era la del Coronel. Su paso como Secretario de Trabajo había dejado huellas indelebles.
Eva todavía Duarte, no tenía significación política, mas allá de la gran urbe.
Pero desde Octubre a Febrero, mucha agua corrió y con la campaña desatada a lo largo y ancho del país, Eva Duarte empezó a tener luz propia y todos la queriamos conocer, ya era Evita Perón.
En ese verano tórrido de mis recuerdos y viniendo desde Cuyo, el tren con el que el candidato recorría el territorio, hizo una parada fugaz en el pretencioso pueblo del oeste bonaerense donde vivíamos, y donde mi padre ejercía su profesión de médico y no ocultaba su alineamiento con el Coronel. El candidato se asomó a la plataforma trasera del último vagón, saludó a sus simpatizantes, que  eran la gran mayoría de los lugareños, nos dejó su sonrisa y unas pocas palabras de aliento y agradecimiento, y con ellas la disculpa de la señora que no nos saludaría, porque descansaba. A mis ojos, demasiado niño para la política, la estrella del evento había faltado a la cita, y un actor secundario la habia suplantado.
Un par de años mas tarde, ya viviamos en Banfield, nuestra casa estaba sobre la avenida Pavon, y nos asomabamos a la calle  cuando el ulular de las sirenas de las motos, los sábados al mediodía, anunciaba el paso del coche presidencial con Juan y Eva rumbo al fin de semana en San Vicente. El saludo era de rigor, y los esperabamos, "porque ellos eran nuestros", como una reafirmación de la "normalidad" de la vida que disfrutabamos. En ese tiempo, todavía solo se la reconocía como la esposa del presidente y como tal, era Maria Eva Duarte de Perón, y viajaba a España, donde hizo delirar a los humildes, con rango de embajadora. A su vuelta, comenzó a ser Eva Perón, se despojó de otras pertenencias y se mostró ella. Había madurado y nacía la militante. 
Unos pocos años mas tarde, en mis 13, ya con mas edad y entendederas, tuve ocasión de verla muy de cerca y de saludarla, ya era Evita.
Fue finalizando los 50. Mi padre iba a ser el primer director de la Maternidad Modelo de Avellaneda, que hoy se llama Ana Goitía, cargo al que había llegado por concurso y ese día, mediados de noviembre, se inauguraba lo que iba a transformarse en uno de los hitos de la politica social en el conurbano. Evita era la madrina y después de la ceremonia, con palco, discursos y bendiciones recorrimos las instalaciones. Todo nuevo, incluyendo los uniformes de las enfermeras, emblemáticas figuras de la época, todo de primera calidad, devolviendo al Pueblo lo que es del pueblo. En primera fila, tuve oportunidad de estrecharle la mano, de recibir una cálida sonrisa, y hasta de olerla, una de mis manías para afirmar o rechazar a una mujer; dicen que se llamaba "Arpege", y era un perfume atrapante.
En esa época, y visto desde la distancia que otorgan los años pasados y la experiencia incorporada, se puede afirmar que en vastos sectores de la sociedad, se percibía un profundo compromiso de solidaridad social, mas allá de posiciones sectoriales cada vez más irreductibles, que fracturaban la sociedad. La reparación social como bandera de los valores de un país, y el pago de la deuda interna como politicas efectivas, estaban transformando la realidad y el humor social.
Gran parte de la sociedad productiva, hacia suya la convocatoria de hacer universal el estado de bienestar, con su disposición a compartir actos de solidaridad fraterna, desde sus propios compromisos con los que mas lentamente llegaban a los beneficios. También hubieron otros, que  con una formación individualista, lo ignoraron. Es que el mandato solidario, había calado muy hondo en lo mas amplio de los estamentos medios y bajos. La demanda constante de trabajadores transformada en pleno empleo, las mejoras salariales, los beneficios sociales con la construcción de viviendas sociales, hospitales y escuelas, y el acceso a las vacaciones en lugares imposibles de haber sido imaginados en los sueños de los postergados, constituía un "combo", que para algunas minorías, eran de dificil digestión.
Fueron tiempos de un optimismo como nunca volvi a disfrutar en la vida.
Tengo muy presente el discurso del "renunciamiento", y el dramatismo que se vivió durante toda la jornada. Ya estabamos en un tiempo de tensiones políticas que se trasladaban a todo el cuerpo social, ya que los procesos de transformación, chocan con el statu quo de los instalados .
Se respiraba un sentido de pertenencia que interpelaba a todos. Para pintar la época, hace algunos años escribí una anécdota familar, que se sitúa, en los tiempos de la enfermedad y muerte de Eva, y si bien los protagonistas centrales son mi madre y Anselmo, un marginal incorporado a la familia, relato al que invito a releer, por que deja en evidencia, que mas allá de toda la situación intrafamiliar, influyen en las acciones decisivamente los vientos de la época. Así queda expuesta que en el tiempo de la distribución de beneficios sociales, la justicia social también era un mandato comunitario. Flotaba la impronta de Evita y muchos estaban dispuestos a contribuir con lo que tenían en abundancia: comida, techo, responsabilidad social, solidaridad, amor, o apelar a la intermediación del Estado, sabiendo que respondía con presteza y eficiencia, para cubrir las necesidades de los desfavorecidos: eran los tiempos de la felicidad peronista. Otros muchos no estaban de acuerdo con esas políticas, ni lo estarán hoy con esta pintura, ni con esta mirada; tendran sus razones, tal vez valederas, pero no saben lo que se pierden sin conocer, sin poner el cuerpo y sin participar de proyectos colectivos.
Mi padre era peronista y mi madre, que provenía del tronco radical, por cercanías amistosas con la familia de don Hipólito, era "contrera", pero ya tenía su admiración por Eva, que con los años se convirtió en una manifiesta identificación, adhesión y admiración.
Asi resultó que fui peronista por parte de padre y evitista por parte de madre.
Después vinieron los tiempos donde el núcleo de oposición cada vez se cerraba más y se hacia intolerable, y hasta las fiestas familiares fueron imposibles. Recuerdo las pintadas crueles sobre la enfermedad de la "Perona" y los desagradables y machacones chistes donde asomaba la misma escatología que hemos vuelto a descubrir como arsenal de las sinrazones opositoras, en estos nuevos tiempos de esta "otra mujer".
Así llegó su muerte, desgarradora y ya todo no fue lo mismo.
Tengo muy presente el momento del anuncio. Era sábado, mis viejos habían salido y ya cenados con mis hermanos, me aprestaba a escuchar por la radio, la velada boxistica desde el Luna Park, un clásico sabatino imperdible para mí. Ya se había hecho la conexión con el estadio, y los relatores calentaban el ambiente.
De golpe la interrupción y tras unos acordes fúnebres, que nos acompañaron durante unos años y que se instalaron para siempre en mi memoria, la voz nos comunicaba según creo recordar: "la Secretaria de Difusion tiene el penoso deber de informar que a las 20.25 la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación pasó a la inmortalidad".
Yo tenía algo mas de 14 años, y no sospechaba, que comenzaba con esta tragedia el retroceso del gobierno popular.
Después vinieron algunos pequeños golpes contra el gobierno, aprontes para esmerilarlo, "chirinadas" las bautizó el general con su verba cuartelera, y solo era cuestión de tiempo y oportunidad, que los "grasitas" tuvieran que replegarse, hasta otro momento en que la historia volviera a convocarlos.
A los 17 asistí impotente al derrocamiento del gobierno de Perón. Fueron días sombríos, que se vivieron con desasosiego, angustia y desmoralización, que hicieron patente cuanta falta nos hacía la Eva.
Un par de días posteriores al golpe, la patota de la fusiladora en nuestra zona, con ínfulas de "comando civil", decidió comenzar a borrar de la faz de la tierra a los símbolos del peronismo. Viviamos para esos días ya en Temperley a unas 15 cuadras de la municipalidad de Lomas de Zamora donde se erigía enfrente en la plaza, un emblemático busto de Eva Perón. Unos jóvenes vecinos que tenian sus vínculos con la patota, nos anoticiaron que se venía pesada la mano, y que habría destrozos de todo lo que simbolizara al peronismo. Así que a media tarde, rumbié para la plaza central frente al municipio, para masoquearme con el vandalismo. Allí asistí a la ignominia de ver a un par de cientos de desaforados muchachones "bien", capitaneados entre otros por los hermanos Carou del Club Lomas, y el "pechito" Benaglia de Pucará, comenzar con barretas el descalce del busto. Tuvieron que apurarse, pues sintieron que desde las ventanas de los altos de la municipalidad, a unos 100 metros tiraban con armas, que por el sonido se podría suponer eran pesadas. Los héroes salieron a la disparada, no sin antes, atar con cadenas el monumento a un vehículo, voltearlo y comenzar a arrastrarlo al frente de una procesión, cuyos integrantes a coro, insultaban con todas las letras a Juan y Eva, mas a Eva, que era el símbolo de la reparación social, que tanto les agravió.
En cada esquina hacían una parada, y haciendo pié en el busto, no faltaban espontáneos que hicieran su discurso de odio. Así fueron por cerca de 20 cuadras, desde la misma Plaza de Lomas, por Pavón hasta Laprida, y por ésta hasta Meeks y por Meeks hasta la estación Temperley, donde en esa plaza, emblematica si las hay y no fue casual su elección, la ahogaron. Esa plaza se llama comandante Espora, un jefe de la marina, de vaya a saber que historia. Yo presencié desde una retaguardia alejada, junto con otros desanimados, toda esa exposición de rencores que mostraba al otro país, también muy consolidado y homógeneo. Cuando al rato empezó a disiparse la euforia triunfalista y se retiraron los vándalos, me arrime al piletón. Allí yacian entremezclados los restos de yeso del busto. Manotée y levanté un trozo de unos 20 por 15 de superficie y de unos 3 de espesor, que correspondían a la mejilla. Lo recogí sin vacilaciónes y lo oculté debajo del abrigo. Caminé como si me llevase el diablo hasta mi casa, unas 5 cuadras, y llegué exhausto y conmovido a ella. Lo mostré como se muestra una reliquia, al final de cuentas, ¿que desmérito tenía con las de los santones reconocidos? ¿O acaso a lo ancho del país, no siguen existiendo altares en las casas de los humildes?
Estuvo años en el ropero de mi madre, a quien se lo entregué en custodia, entre esos recuerdos familiares que terminan siendo parte de la historia.
Pero por esas cosas del destino, desapareció en la última mudanza de mis viejos, junto con una colección invalorable de los "Cuadernos de Forja", que mi padre habia guardado celosamente como su alimento ideológico mas preciado. Tal vez fué una jugarreta de las causalidades que se fueran juntos, el pensamiento liberador de Scalabrini y de Jauretche, con los restos simbólicos de quien asumió y se encarnó en las multitudes que abrevaron en esas enseñanzas.
 
Estas fueron mis vivencias que tuvieron que ver con Evita, después vino otra historia, y hoy se vive otra esperanza.
Los mismos emblocamientos políticos siguen existiendo como correlato de las iniquidades y privilegios que volvieron. Evita supo intuitivamente que transar, conceder, retardar, era el camino para la esterilización de un proyecto de transformación. Algunos ahora le llaman consensuar. Sobre algunos temas estratégicos no puede haber consensos con quienes alientan políticas de dependencia y de iniquidad.
 
Con su muerte comenzó un distanciamiento, al principio imperceptible entre la doctrina y la capacidad de ejecutarla. Elencos de gobierno con menor compromiso dejaron en el camino la enorme VOLUNTAD, que como sello personal imprimía Evita, que se traducía en esa prontitud de respuesta que la caracterizara, y que ella misma la definiera cuando expresó, "que donde hubiera una carencia, existía un derecho". Así se amplio una brecha que dio espacio al contragolpe. 
Por eso la seguimos recordando como la gran visionaria que nos dejó un legado inconcluso, que en ciertos períodos históricos retoma la fortaleza de sus convicciones y la potencia de su Voluntad.
TIBURON
Jorge Carbajal

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