Un sentimiento cruza dolorosa y transversalmente a los miles de argentinos que se identifican con las banderas del kirchnerismo y es el de una frustración infinita, quizá sólo comparable a la de aquél domingo de Semana Santa de 1987, cuando salíamos de la Plaza enroscando las banderas, cabizbajos, cual equipo de fútbol que abandona la cancha luego de una derrota dolorosa. El peronismo de las provincias los ha estafado y de una manera horrenda: de 39 senadores sólo 16 fueron coherentes. Está todo dicho.

Seguirán los debates sobre si Cristina hizo bien o mal en guardarse. Lo concreto, lo que no admite segundas interpretaciones es que anoche, el electorado quedó por un lado y el peronismo provincial por otro, y que esto va a ser definitorio como nunca en la vida política argentina. La gente, la militancia, los miles de argentinos y argentinas que se pusieron la campaña para el ballotage al hombro, los que salieron a tocar timbres, a conversar con los vecinos, los que lo dieron todo en sus trabajos, hoy se sienten traicionados vilmente y ¡Vaya si tienen motivos!

Lo grave de la defraudación es que genera descreimiento y desmovilización, que son los componentes irremplazables para que el neoliberalismo pueda explayarse a sus anchas. Si logran que, de a poco, muchos empiecen a volverse a sus casas, a despreocuparse de lo público habrán consumado una victoria de una contundencia pocas veces vista y ahí sí tendremos sobre la patria al neoliberalismo aposentado por un par de décadas, un lapso en donde las diferencias se den entre Macri y Massa, Lanata y Rial, Angelici y Carrió...

El gran aporte del kirchnerismo fue recuperar a miles que se habían ido a sus casas, hartos de que siempre, en los momentos culminantes, los cagaran. Se había llegado a un punto donde se sentía que era imposible modificar el estado de cosas porque la política, más tarde o más temprano defraudaba, traicionaba. El gran logro fue hacer ver que la política también podía servir para otros fines. Néstor fue el que a esos miles les demostró que se podía cambiar, que se podía gobernar de manera distinta, por eso los arrancó de sus pequeños mundos privados y descreídos y los amuchó en la plaza pública junto a una pendejada hermosa, imberbe, revoltosa que vivió la reapertura del 83 a cocochoto de sus padres en los actos, en las marchas y en los recitales y ahora llegaba, quilombera, a protagonizar su tiempo.

El kirchnerismo fue, antes que nada esto. Recupero de descreídos y sumatoria del piberío.

Por eso no está dicha la última palabra Y está por verse si lograrán quebrarlo. Está por verse si conseguirán que los quebrados de los noventa regresen nuevamente cabizbajos como Pablo Pueblo a sus hogares. Está por verse si una generación de pibes que se crió convencida de que se podía transformar la sociedad se retirarán sin dar la batalla.

El peronismo de las provincias anoche quizá votó el fin de su sentido histórico. La foto fue la de una fuerza para la que todo da lo mismo. La sensación que corrió por la Argentina es que estos tipos no tienen nada, pero nada que ver con sus votantes y mucho menos con Perón y Evita.

Anoche quedó el electorado por un lado y el peronismo de las provincias por otro. Y eso determina el inicio de algo nuevo en la política argentina. Quién mejor exprese el sentimiento de ese electorado que construyó el 49 % tendrá una base de sustentación sorprendentemente poderosa. Lo más probable es que sea Cristina, quien ahora tiene el tablero mucho más clarificado y al respecto hemos especulado largo y tendido acá, sólo por citar uno de los tantos posteos en donde he escrito sobre esta cuestión.

El senador Perotti dijo que arreglar con los buitres es como terminar un puente al que le falta construir el 7 %, porque de lo contrario no sirve para nada. Lo que no entendió Perotti ni tampoco Pichetto, que se manifestó encantado con esa imagen, era que por ese puente estaban marchando al suicidio político más importante en décadas.