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Todavía estoy tratando de ordenar en mi cabeza mi mirada sobre el peronismo hoy (y el año que viene), como me comprometí cuando en mi último posteo conté como veía lo de Macri. Pero en los comentarios Rogelio acercó un par de artículos y apunta a una dirección. No estoy de acuerdo con lo que sugiere, pero me deja servido un post.

Ante todo: no creo que los "desafíos muy actuales, reales y operativos" sean lo decisivo. Son importantes, claro; el futuro viene de un día a la vez. Pero el elemento fundamental en el destino de la experiencia Macri se define de acuerdo al éxito, o no, de su política económica. Como pasa - lo dije muchas veces en el blog - con todos los gobiernos del mundo que no están en medio de una guerra o de una revolución o contrarrevolución social. Creo que la política que Macri eligió -o, en un sentido, expresa- no logrará brindar/mantener una razonable prosperidad para el número mínimo de argentinos (¿un 30 %?) para que sea posible su consolidación. Pero será la realidad, como siempre, la que decida.

Igual, esta nota de Eduardo Fidanza (una de las enlazadas por Rogelio) actualiza para el macrismo la ideología "republicana", el discurso único de la oposición al peronismo desde hace 70 años. Me pareció interesante.

"... El cambio de actitud del Gobierno (el vuelco a una estrategia de polarización) puede leerse de dos maneras: como una táctica para superar las dificultades coyunturales o como una estrategia de alcance mayor para intentar vencer al peronismo, el rival ineludible de toda fuerza de signo distinto en la Argentina. A propósito, el periodista Marcelo Longobardi planteaba hace pocos días una cuestión que parece crucial: ¿El gobierno de Macri es una pausa (entre dos peronismos) o es un proyecto de más largo aliento? Ser una pausa significaría confirmar una fatalidad, incrustada en el sentido común de los argentinos: este país sólo puede ser gobernado por el peronismo. Un proyecto, en cambio, involucraría una mutación significativa de la conducta histórica, que podría dar lugar a una alternancia cierta, no sólo circunstancial. Cabe profundizar la pregunta, indagando cuáles serían las condiciones y los requisitos para que esa alternativa tuviera chances.

Esta empresa excede la construcción de un relato. No se trata de elaborar un texto, sino de alumbrar una lógica. Al respecto, es ilustrativo el modo en que concibe Ernesto Laclau al populismo, rescatándolo de la polisemia de las definiciones. Afirma que éste se basa en una lógica que consiste en enfatizar la polarización social a partir de "la simplificación y de la imprecisión" de las consignas políticas. Sin embargo, para Laclau la simplificación no es un rasgo del populismo sino de la política en general, que se desarrolla en una esfera pública opaca, donde la representación es "un espejo roto". Sostiene Laclau un argumento realista al que debe prestarse atención: sólo en una sociedad donde la administración hubiera reemplazado a la política -aquel antiguo ideal saintsimoniano- sería posible deponer las dicotomías fundadas en consignas imprecisas. Acaso cuando se pide más política al gobierno, lo que se le indica es que polarice con sus adversarios e imponga su visión, antes de esperar que ellos se avengan al sentido común administrativo. Con una planilla Excel puede resolverse un presupuesto, no gobernarse un país. Habrá que volver a recordarlo: en política, como decía Weber, "al racionalismo no siempre le salen bien las cuentas".

La viabilidad de una lógica política alternativa posee, al menos, otro requisito clave: debe dejar claro a quién representará. El peronismo es el partido de los sectores populares, el radicalismo intentó serlo de las clases medias, sin la misma suerte. Llenar ese vacío de representación tal vez constituya para Macri la diferencia entre ser una pausa o constituir un proyecto alternativo y perdurable de poder".