jueves, 12 de mayo de 2016

Apuntes sobre Fantino y Animales Sueltos

"Éste es el formato de programa político que dejó la guerra mediática que se desató durante los años kirchneristas". Por Daniel Mundo. 

 

Por Daniel Mundo

Para un crítico político kirchnerista debe resultar doloroso que Animales sueltos, el programa de Alejandro Fantino que se transmite por América, sea en la era de Macri uno de los programas políticos más importantes de la televisión. Hace de la acción política un hecho entretenido; y de las propuestas y programas ideológicos, un spot publicitario.

Fantino lo debe de saber. Debe de saber que su estética y su contenido atrasan por lo menos treinta años. La escena que más se le acerca es la de Polémica en el Bar, aunque faltan las "gatitas" —hace apenas unos pocos días apareció detrás de la barra borrosa, fuera de foco, que funciona como fondo de imagen, el cuerpo ajustado de una mujer vestida algunas veces de negro, otras de rojo: sin rostro, entre las botellas que la enmarcan, subrayando sus pechos, es el único espacio que la producción imagina para la mujer —incluso la cantidad de mujeres que son invitadas a charlar es escandalosamente menor que la visita de hombres. La restauración se da en todos los órdenes, también en el espectacular.

La estructura fue cambiando desde el año pasado. Primero, entre elección y elección, Fantino desapareció de un día para otro. Reaparecía y desaparecía sin dar muchas explicaciones (lo reemplazaba Luis Novaresio). En ese momento se trataba de largas entrevistas como en profundidad. Fantino es un gran entrevistador. Da la sensación que le exige al entrevistado que machaque y reduzca su idea hasta volverla digerible hasta para el espectador más desorientado: "A ver, a ver, explicame mejor. No entiendo. Es un programa federal, nos están mirando millones de personas, explicame…". Y el entrevistado entonces repite con otras palabras no muy distintas exactamente lo mismo para que todos entiendan perfectamente lo que era obvio de entrada. Siempre en estilo canchero, coloquial, como de sobremesa porteño.

Hace un mes, el programa pasó a otra estructura: primero una reunión informal con creadores de opinión a los que Fantino fue calificando con diferentes motes: Primer Ministro, Canciller y así; que duraba media hora exacta. Luego se pasaba a la entrevista privada con el invitado, de una hora de duración (evidentemente todavía la parte central del programa). Ahora, entre fines de abril y principios de mayo, se quitó la entrevista face to face y todo el programa consiste en una especie de debate (el espectador de Fantino lo considera muestra de la pluralidad de opiniones y la apertura de su propuesta) por donde van pasando como en una cinta de montaje los grandes temas del día. Una síntesis perfecta para un telespectador agotado que quiere irse a dormir con la sensación de estar informado. Si tiene conciencia, le costará conciliar el sueño.

En el cambio paulatino de formato cambió también la función del programa. Si bien siempre trató de ubicarse en un punto equidistante, ni oficialista ni antikirchnerista a full, su tendencia ideológica era clara. Todavía trata de mantener ese lugar, aunque sus amigos del bar le están complicando la imagen. Ayer, cuando lo entrevistaba a Sergio Massa (el verdadero peligro para la democracia argentina), tuve la impresión de que se trataba ahora de un programa de chimentos con objetivos publicitarios: todo guionado, con Massa cerrando los ojitos, mirando a la distancia y hablando como si el tema que Fantino sacaba de la manga lo sorprendiera. Pura campaña.

Éste es el formato de programa político que dejó la guerra mediática que se desató durante los años kirchneristas. Hay mucho por aprender, todavía.

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