Leo que Luis Juez, el conocido político cordobés al que pusieron de embajador en Ecuador, cuestionó la distinción que el Gobierno de ese país otorgó a la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner porque, aseguró, los argentinos no somos "bandidos, corruptos, atorrantes ni sinvergüenzas". Y que tiene "el deber" de "decirles a los ecuatorianos que no sintetiza a los argentinos".

Me impulsó a decir algo en el blog, aunque no está entre mis temas.

No es que esos insultos no se han convertido en una parte habitual del discurso político corriente. Lamentable, pero ... Ya dije hace mucho que los argentinos tenemos el odio fácil. Y a un montón de políticos, de 3° y 4° nivel, les resulta fácil montarse en esa pasión de odio para hacerse de un espacio.

Por eso, no voy a hablar de ese tipo. Se lo dejo a la elocuente labia de mi amigo Fernández Baraibar, que en su página de Facebook dice "Este payaso desangelado, este enano espiritual, este corto de cuerpo y de alma, este resto de un pedazo de dudosa humanidad, es embajador de nuestro país en Ecuador".

Embajadores pintorescos tienen todos los países, y EE.UU. se ha destacado en eso (Sin alusiones locales; los que ha nombrado en Argentina en los últimos tiempos no son papeloneros, al menos). Pero tengo claro qué sucedería si un embajador yanqui, vinculado al Partido Demócrata, opinara así en el país al que está acreditado de una visita de Trump.

El problema no es Luis Juez, entonces. Es si también nuestra cancillería es bananera.