Capítulos muy cortos. De una historia larga

Un pasado nada difícil de idealizar

frondizi

José Antonio Balseiro en 1960 le explica el átomo al presidente Arturo Frondizi en el Instituto de Física de Bariloche que 2 años más tarde se llamó "Balseiro", porque se murió (¡a los 43 años!).

Hasta aquel año, la cultura de la CNEA fue el único intento criollo de construir el equivalente de un National Laboratory al estilo de los de EEUU, nutrido por una red de raíces en las universidades, y generador de un frondoso follaje de empresas de tecnología. Y hasta 1995, esa red de componentes del Programa Nuclear Argentino terminaría generando no sólo una tecnología. También una ideología.

También generó una diplomacia nuclear argentina. De la que Rafael Grossi es un representante y defensor tardío.

Volviendo a la metida de pata de Perón con Richter, y el modo en que arregló las cosas, el reflexivo físico Roberto Mariscotti, que de peroncho no tiene un pelo, admite que otros políticos de menor talla habrían enterrado aquel muerto y cambiado de tema.

Perón enterró en cambio el "affaire Richter" y fundó sin ruido la DNEA, que fue primero "Dirección" que "Comisión", aunque Mariscotti describe que en sus principios era una comisión "stricto sensu": sus integrantes iniciales cabían en un par de sofás.

Y con esos pocos impredecibles pero imprescindibles, habría que empezar de nuevo, despacito y desde abajo. No fue así: de "despacito", nada.

Un cartero con vuelo al frente de una vaca sagrada

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De "Gaceta Marinera", una imagen pre-nuclear, aeronaval y descorbatada de Iraolagoitía: su llegada, el 7 de febrero de 1952, como jefe de los 3 hidroaviones Catalina a Decepción, una base en la isla homónima de la Península Antártica, primer vuelo argentino al continente blanco. Luego le tocó dirigir otra isla, "planeta CNEA". No decepcionó.

Para vigilar pero fundamentalmente para proteger de sus propios seguidores a todos esos físicos impredecibles y tomar muchos más, los que hiciera falta, Perón puso la DNEA bajo dirección de su edecán, el aviador naval y luego contralmirante Pedro Iraolagoitía, por alguna causa incomprensible apodado "El Vasco".

Como capitán, éste había liderado una hazaña no menor: el primer vuelo argentino a la Antártida, llevando correspondencia a la Base Isla Decepción. Como quien dice, El Vasco traía buenas cartas. Todavía hoy es peligroso andar peludeando por el estrecho de Drake con dos frágiles hidroaviones hechos de madera y tela, aunque la posibilidad de chocar contra otras aeronaves se mide en números negativos.

Con tan linda foja, El Vasco era un peronista subido muy alto en el tótem de la Armada, algo más infrecuente, en términos estadísticos, que los pelirrojos en la China de Mao. A este hombre Perón le dio un presupuesto rumboso, instrucciones expresas de "dejar trabajar a los muchachos", y añadió que tomara los que hicieran falta y se fijara sólo en su currícula académica o industrial y no en sus prontuarios de la Federal. Y añadió otro de sus famosos: "Métale, nomás".

En suma, Perón hizo lo mismo que una década antes su colega yanqui Franklin Roosevelt con el general Leslie Groves, ideológicamente un cazador de brujas, pero que se tomó la orden tan a pecho que el Proyecto Manhattan lo terminó dirigiendo un simpatizante del Partido Comunista (Robert Oppenheimer). La posibilidad de éxito técnico generaba suficiente compresión como para vencer la repulsión magnética entre aquellos dos.

Por causas similares, las cosas aquí no avanzaron rápido. Avanzaron MUY rápido.

Cuenta Cernadas –aunque no lo vio, por nonato- que las luces seguían prendidas en la sede central de la DNEA hasta la medianoche. Y que no era infrecuente que un científico apurado, a las corridas entre laboratorios, se lo llevara puesto en un pasillo a Iraolagoytía, que sonreía, bonachón: "Los muchachos están trabajando". El aviador tenía vuelo.

Entre otros futuros próceres, Iraolagoitía reclutó al metalurgista (hoy lo llamaríamos "científico en materiales") Jorge "Jorjón" Sábato, radical ergo "contra", si los hubo. Pero Jorjón era mucho más su propio personaje que un hombre de su partido, o de cualquier partido. Inteligentísimo, brutalmente frontal e irreverente, se dio el lujo de presentarse en la entrevista inicial en campera, asunto de lesa majestad en los encorbatados '50, y doblemente ante un marino. Sábato fue el fundador de una ideología de "lo hacemos aquí" y "soberanía tecnológica" que a 43 años de su muerte sigue excediendo el cerebro del empresario, político y/o militar criollo medio de todo color. Aquel tipo, inventor del epigrama inmortal "tenemos una burguesía chanta", siempre nos quedó grande.

A lo largo de los años, Sábato fue deslumbrando a Iraolagoytía con ideas y luego hechos, y en la mala hora del '55, "El Vasco" se lo dejó de herencia a su camarada de armas, el contralmirante Enrique Quihillalt, (otro vasco, pero del lado francés del Pirineo). Quihillalt (pronunciado "Quiyát", tomó en forma indolora el pilotaje de una institución que ya tenía 250 profesionales (desde físicos puros a ingenieros de ramas muy diversas), y 300 técnicos. Eso, en medio de un golpe que fue una guerra civil en formato "mini", con suficientes muertos y heridos como para que nadie quisiera contarlos, por muchos y por pobres.

Y la CNEA, fuera de cambiar su nombre de "Dirección" a "Comisión", como si nada, siguió en su condición de vaca imperturbable o sagrada que la Armada y el Ejército trataban de proteger fundamentalmente de sí mismos, y en la cual las luces seguían prendidas a deshoras porque "los muchachos", algunos puteando contra "La Libertadora" y otros encantados con ella, seguían trabajando juntos sin degollarse, por algún bien común mayor. Profesionalismo o patriotismo extremos. Groves y Oppenheimer. Inimaginable. Pero sucedió.

¡Y qué resultados! En Septiembre de 1955, en casi coincidencia con aquel mega-cuartelazo, la CNEA participó en la Primera Conferencia de Usos Pacíficos de la Energía Atómica, en Ginebra, Suiza. Allí, Hurtado dixit, aportó 37 trabajos, entre los cuales destacaba el del grupo de radioquímica, anunciando el descubrimiento de 13 radioisótopos nuevos, a los que ya estaba tratando de buscarle utilización médica e industrial (y así se hizo). Detrás de tanto fulgor nuclear criollo estaba el Dr. Walter Seelman-Eggebert, robado por la CNEA a la Universidad de Tucumán, y un ejemplo mucho mejor que el de Richter del "head-hunting" criollo en la Alemania vencida.