miércoles, 19 de octubre de 2016

Argentina Nuclear, 2016 – XX



Retomo la saga. En este capítulo, comenzamos con un tema fascinante para los argentinos: Qué estaba haciendo, en ingeniería nuclear, el Brasil.

¿Qué hizo el resto de la región?

A la izquierda, las centrales brasileñas Angra I y II, o cómo un paraíso paisajístico se volvió un infierno político para el Programa Nuclear de nuestros vecinos.

Para la época en que aquí se tomó la decisión de Atucha I, en Brasil, la propuesta de Westinghouse para la central de Angra I venía avanzando viento en popa contra las de otros cinco oferentes. Ganó en 1971, 5 años después que aquí, en un final cuello a cuello en que, vista la acción desde el palco, parecía destinada triunfar por una cabeza la oferta canadiense, pero… Überraschung!, ganó la alemana. Esa historia, después.

En Brasil algún diablo metió la cola en Angra 1, y en las que siguieron. Construida en 14 años en lugar de 5, comisionada y operando desde 1985, Angra 1 tenía tantas salidas de servicio por desperfectos que su factor de disponibilidad entre 1986 y 1994 fue de apenas el 55%. Era un aparato nuevo y de marca: tendría que haber estado bien arriba del 90%.

Durante 8 años, la operadora Eletrobras y la constructora Westinghouse se echaron mutuamente la culpa, mientras los cariocas, siempre listos para la cargada, apodaron el fierro "A Vagalume" (la luciérnaga), porque se prendía… y apagaba. A partir del '94, se logró aumentar la disponibilidad al 71%, lo que sigue siendo poco para una PWR de esa marca y antigüedad. Pero las cosas se empiojaron aún más.

Brasil se había coordinado diplomáticamente siempre, en forma bastante reservada "ma non troppo" con la Argentina. En lo nuclear, éramos competidores tecnológicos pero socios diplomáticos a rajatabla. Nos cubríamos las espaldas el uno al otro: éramos los dos chicos díscolos de la región que se negaban a firmar el Tratado de No Proliferación (TNP) de 1968 por considerarlo muy lesivo para nuestras respectivas autonomías tecnológicas, que lo era. Y sigue siendo.

Más allá de que desde 1964 en Brasil gobernaran los militares, y no pensaban irse rápido, las clases dirigentes locales veían con simpatía todo lo que sigue, y que es muy difícil de hacer si uno firmó el TNP:

  • Enriquecer uranio, al 3 o 4% para sus centrales, y a valores superiores (terminó siendo 20%) para motorizar un submarino atómico,
  • La eventual construcción de un reactor plutonígeno,
  • El reprocesamiento del combustible de dicho reactor para extraer plutonio, usarlo en una bomba, y testear ésta bajo tierra, "con fines de ingeniería" (apertura de puertos, canales y otros grandes movimientos de tierra). Eso último, como discurso para la tribuna.

En esto de la "geoingeniería extrema", países como Brasil y la India se amparaban en la propuesta del programa "Ploughshares" de la USCEA, la Comisión de Energía Atómica de los EEUU. Su director era Glenn Seaborg, premio Nobel de química en 1951 por la identificación de 11 elementos artificiales más pesados que el uranio. Seaborg ofrecía amablemente dar este servicio a países en desarrollo, obviamente usando bombas estadounidenses. For a fee, of course.

Sucesor de Humberto Castelo Branco, el siguiente presidente militar Artur Da Costa e Silva tomó la idea prestada, obrigado, seu Glenn, sólo que prefería llevarla a cabo con artefactos propios. Y rebautizar las bombas como "cosas que explotan", para no alarmar. Eso, dicho en el hermetismo habitual del Consejo de Seguridad Nacional, se publicó curiosamente sin censura: en suma, nuestros vecinos iban por todo, y lo decían en primera plana y horario central.

Quihillalt y la muchachada nuclear criolla se encogieron, pragmáticos, de hombros: "Veamos hasta dónde los dejan llegar, y luego, si hace falta, los alcanzamos caminando". Pero los vecinos no llegaron lejos. Y es que las relaciones carnales de Brasilia con Washington, tórridas hasta entonces, se pusieron criogénicas.

Brasil ocupa la mitad de Sudamérica y limita con 10 estados: nació imperio antes de ser república, y no se olvida. Por nuestra mesura, al lado de ellos, éramos Heidy, pero una Heidy bastante realista. El problema es que Heidy sabía "bocha" no sólo de física pero también  de ingeniería nuclear, y de la interacción conocimiento e industria. Nuestros vecinos son tremendos ingenieros, pero la ingenería nuclear es otra cosa. Y si tienen menos kilometraje en ella es en parte por su costumbre de comprar "llave en mano" y a lo grande.

Ya desde arranques del período militar brasileño, en 1964, los sucesivos presidentes-generales hicieron saber a Buenos Aires que verían con simpatía que hubiera intercambios "colaborativos" de tecnología nuclear, en los que obviamente seríamos más dadores que receptores. Dado que los nuevos ricos de Sudamérica eran más ellos que nosotros, por industria y por PBI, nos habría convenido. Creo que entonces ambos países perdimos una oportunidad enorme de ser mejores vecinos y mejores países.

Pero nuestros militares no quisieron saber nada de transferir know-how argento hasta tanto no se negociara el uso compartido del Paraná y el Uruguay, cuyas altas cuencas los brasileños venían represando sin preguntar, y a velocidad de escape. Creo que se les escapó aquella máxima de John F. Kennedy: "Nunca negocies con miedo, pero nunca tengas miedo de negociar".

Quienes hoy combatimos exitosamente las canas mediante la calvicie, recordamos que en nuestras hirsutas mocedades el tema de los ríos Paraná y Uruguay generaba espanto en el planeta Generalato Argentino. Si Brasil en una sequía histórica cerraba todas esas compuertas para "encanutar" agua turbinable, ¿qué iba a quedar para las entonces futuras hidro de Salto Grande, sobre el Uruguay, y Yacyretá sobre el Paraná? Nos podían apagar la luz.

Peor aún, si en inundación histórica Brasil abría todas esas compuertas de golpe, ¿qué iba a quedar de Posadas, Corrientes, Rosario o Buenos Aires, cuando llegara el frente de inundación? Se hablaba de 11 metros de agua al pie del Obelisco, lo que demuestra un conocimiento bastante precario en hidrología. Con semejante arma, nos podían chantajear de aquí a la Luna, decían.


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