sábado, 29 de octubre de 2016

Argentina Nuclear, 2016 – XXV: Brasil choca con los ecologistas

En estos capítulos de la saga se hace la historia del programa nuclear brasileño, y los caminos distintos del nuestro que tomó. Este en particular cuenta como el prejuicio anti nuclear de sus "ambientalistas" provoca desastres en la ecología de ese extenso país. Pensándolo bien, ahí hay una advertencia para nosotros. 

Tristeza nao tem fin

Indios Munduruku del río Tapajós, en rebelión contra las represas que se les vienen encima y los dejarán sin medios ni lugar de vida.

Brasil, con las centrifugadoras que se autoabastecen de combustible enriquecido, tiene cierto margen para desobedecer al "Club Nuclear", o al menos a sus cuatro miembros principales, sin que el estado de Río de Janeiro pierda la mitad de su capacidad de generación eléctrica.

Asociado con el 5° estado del "Club", Francia, el presidente Luiz Lula da Silva en 2008 anunció la compra de cuatro submarinos de ataque Scorpene franceses de propulsión convencional (térmica y eléctrica), más un 5° con el casco alargado y preparado para recibir un motor nuclear de tipo PWR con uranio enriquecido al 20%. Esta PWR sería de desarrollo totalmente brasileño (según los vecinos), y su combustible saldría de alguna ampliación de Resende, por ahora abocada a surtir la demanda (no toda) de "las Angras". Los motores atómicos submarinísticos suelen usar uranio de grado militar (93% o por ahí), dado que el espacio a bordo no sobra y conviene que todo sea muy potente y compacto. Pero Resende, por su tamaño, tardaría años en hacer un núcleo tan enriquecido, y mientras tanto, las Angras se quedarían sin combustible. Es mejor bancarse un motor atómico más grandote.

Las fechas de terminación de este 5° submarino se van corriendo: la última anunciada es 2023, y tiene tanta credibilidad como las anteriores que ya vencieron. Lo cierto es que Resende tiene el módulo suficiente como que Brasil pueda permitirse uranio de enriquecimiento medio, es decir 20%, para su Scorpene nuclear. Está en condiciones de decir a los yanquis: no nos pueden parar el submarino ni apagar la luz.

El problema es que no hace falta: se apaga igual. Brasil tiene sin duda la mejor red de distribución eléctrica de la región, y la número 10 del mundo: 100% de la población urbana y 97,5% de la población rural servidas. Pero también tiene un consumo pavoroso, por sus enormes industrias, sus vastas megalópolis costeras, y un déficit de generación crónico que sólo se curaría con un programa nucleoeléctrico de alrededor de 30 mil MW.

Pero plantear siquiera eso es un suicidio político, tras tanto escándalo y fracaso en el pasado de Angra 1 y 2, y otros asuntos. Ya conté por qué y cómo el átomo brasileño quedó maldito ante parte de la población, al menos para usos civiles. Y ni el propio Lula, el más querido de los presidentes brasileños, que de ecologista finoli no tiene un pelo, logró resucitarlo.

El otro recurso a mano para generar electricidad de base en Brasil es hacer estragos humanitarios, etnológicos, sociales, ecológicos y jurídicos en sus inmensos ríos. Para mal de la población ribereña.

En la historia del Programa Nuclear Brasileño desde fines de los '60 no hay sólo malas decisiones, sino también mala suerte y mucha confusión política de la población, con final de tragedia griega que acaba de pagar el gobierno del PT.

Angra 1, decidida en 1971 y firmada en 1972, tuvo la desgracia de entrar en línea tarde, renga y el mismo año en que estalló la central soviética de Chernobyl. Se ganó su apodo entomológico de "A Vagalume" mientras en la URSS sucedía el primer accidente nuclear "INES 7" de la historia, y en Río de Janeiro se fundaba el Partido Verde. Todo junto.

En sus inicios, el PV era un inocuo rejunte de artistas y psicólogos progres, pero se enraizó rápidamente en varias corrientes de raíz distinta y más profunda, que tratan de corregir las injusticias más brutales del Brasil: el Movimiento de los Sin Tierra, el mucho más disperso y despolitizado de las etnias amazónicas acorraladas y masacradas por ganaderos, madereras, mineros y constructoras de represas, y el "boom" de los partidos evangélicos entre la creciente población urbana "favelada", hoy un compacto poderoso.

Lo que logró la línea fundacional carioca del Partido Verde –y sin Chernobyl le habría sido más difícil- fue imprimirle su antinuclearismo tilingo a toda esta gente tan distinta, tan humilde, y tan desencontrada en intereses económicos y visiones culturales. Contra el antinuclearismo difuso en la sociedad no pudo luchar siquiera Lula, pese a comandar un partido obrero, urbano y con un ideario industrial y tecnológico.

Las represas "buenas" por definición son las de ríos de montaña o serranía: alta pendiente implica mucha potencia hidroeléctrica, y altas orillas de piedra suponen lago chico en área, con buena capacidad de almacenamiento para gastar en años secos, y un impacto de inundación de vecinos muy manejable.

Un caso interesante: Itaipú, con 14.000 MW instalados, cuya producción eléctrica DIARIA equivale al consumo ANUAL de Argentina en 2008. Como el Paraná pese a su estiaje es bastante caudaloso a año completo (factor de carga del 51%,), Itaipú equivale a 8 centrales nucleares de 1000 MW cada una, nuevecitas y con un factor de disponibilidad del 90%.

Hay un lado oscuro. Los sobrecostos fueron del 240% sobre lo estimado: oficialmente, fueron U$ 36.000 millones. Con eso, hoy uno se compra 9 centrales nucleares como las que quería Geisel. Las centrales binacionales a veces arman lío: a pedido del Paraguay, el economista estadounidense Jeffrey Sachs investigó y dice que con los préstamos que el país guaraní recibió de Brasil, hay U$ 24.000 millones más de costos financieros que se terminarán pagando en 2023. Si esto fuera cierto, "la boleta total" de Itaipú cerraría en U$ 60.000 millones. Pero como el comprador del 97,5% de la electricidad es Brasil y Paraguay estuvo vendiendo su 50% "a precio reventado", en 2012  –siempre según Sachs- Brasil le debía U$ 5000 millones a Paraguay.

Atif Ansar y Bent Flyvberg, respectivamente profesores de Gobierno y de Manejo de Grandes Programas en la Universidad de Oxford, creen que en realidad Itaipú salió tan cara que no va a pagarse jamás. Probablemente eso es una pavada, pero es cierto que la escala de los megaproyectos hidro resulta proporcional a la opacidad de sus costos y el alcance de sus "externalidades", nombre técnico para "los costos que pagan los giles".

Más lados oscuros de Itaipú en esa línea. El lago es enorme: 1400 km2, y desalojó cultivadores brasileños de soja que, ante la insuficiencia de las compensaciones, tuvieron que comprar hectáreas más baratas en Paraguay, transformándose en "brasiguayos", como se los llama. Datos de impacto humano de Paraguay, indisponibles, según usos y costumbres, pero el total de familias desplazadas en ambas orillas fue de 10.000, y el de individuos, 59.000. Los Ava-Guaraníes y mestizos del lado paraguayo terminaron amontonados a culatazos en reservas inviables y conflictivas, mientras los medios elogiaban la obra y los ecologistas se preocupaban por los yaguaretés.

Y ojo, Itaupú es una presa "buena", la última de varias decenas de cierres de un tramo en que el Paraná tiene 200 metros de pendiente y un cauce emparedado entre dos potentes orillas de granito. Ojalá tuviéramos algo así nosotros. Pero no es el caso, y hace tiempo que Brasil agotó todos los enclaves geográficos comparables.

Los que le quedan se dividen en malos y peores. La represa más controvertida, Belo Monte, sobre el Xingú, entró en operaciones a principios de este año, pese a la movilización masiva de las tribus Kayapó, Munduruku y otras. Los caciques que no fueron comprados con televisores y camionetas saben que tras Belo Monte se vienen 60 represas más en la cuenca amazónica, a construirse en las dos próximas décadas sobre el Tapajós, el Teles-Pires, el Araguaia-Tocantins, y sigue la lista.

Los problemas de estos emprendimientos son inherentes a la geografía. Toda la cuenca amazónica, en su mayor parte una planicie, funciona con dos estaciones casi independientes de la lluvia local: la inundada y la seca. En la primera, que va de diciembre a abril, toda la red de grandes ríos, de tributarios y de arroyos tiene 7 metros extra de profundidad, por la mayor correntada que baja desde los Andes. Hasta el 17% de la selva (el "Igapó") queda entonces 3 o 4 meses bajo agua por el desmadre hídrico general.

En revancha, durante la estación seca, de mayo a diciembre, todos los ríos bajan 7 metros y en muchos de ellos se puede caminar por el fondo, y hasta crece el pasto. Y esto sucede aunque llueva diariamente, con esas lluvias de ciclo cerrado generadas por la evapotranspiración de la formidable masa vegetal, tal vez la única del mundo tan ingente como "para regarse a sí misma". En la seca fluvial, las precipitaciones apenas bajan un 10% promedio sobre una media anual de 4000 milímetros. Es una seca muy mojada, pero la mojadura no mueve el amperímetro.

Es extraño, como todo en el Amazonas: llueva o no llueva, en la seca los ríos quedan reducidos a su mínima expresión. Esto obliga a que cada gran represa cuente con varias represas tributarias construidas aguas arriba, que les sirvan de reservorio. De otro modo, en la seca dejarían las turbinas fuera de régimen y la red eléctrica en "brown-out".

Las etnias ribereñas hasta hace poco eran alimentariamente autónomas: vivían sobre ríos corrientes y biológicamente vivos, no sobre cadenas de lagos de agua estancada, eutroficada por excesos fotosíntesis, podrida de algas en descomposición y con poca pesca.

Cuando los ríos tropicales son subdivididos como ristras de chorizos en cadenas de lagos de escasa corriente y alta temperatura, a lo sumo sobreviven los peces no migratorios o capaces de arreglárselas en los primeros metros de profundidad (el epilimnio), donde el contenido de oxígeno disuelto del agua la vuelve "respirable" para todo ser con branquias. Pero el agua de fondo, o hipolimnio, es técnicamente una "zona muerta", sin oxígeno.

Por lo demás, en los embalses de llanura los lagos hidroeléctricos se vuelven gigantescos en superficie, porque la chatura del paisaje no demarca orillas. Y esto significa que los lugareños no sólo pierden la pesca –su fuente de proteínas y medio de vida- sino también sus aldeas. Se vuelven IDPs, "Internally Displaced Persons", eufemismo gringo de parias.

En suma, el antinuclearismo de "las minorías intensas" y la acuciante falta de electricidad condenaron a la desaparición al sector menos organizado y peor representado y defendido de la democracia brasileña: los indios. Alguien tenía que joderse.

Los ríos amazónicos en la época inundada son navegables, y en la seca, caminables.


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