francisco

Ayer el papa Francisco, antes arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, encontró necesario grabar un video de 11 minutos anunciando a sus compatriotas, nosotros, que no viajará a Argentina este año y tampoco el próximo. Dice otras cosas importantes, y su lenguaje de gestos es significativo, pero hasta esta madrugada no está en Youtube y no puedo reproducirlo. Los invito a verlo entonces en esta página de la edición internacional de El País; está en muchos otros medios, también.

Y como corresponde al sesgo de este blog, y las debilidades de uno, me interesa especular sobre el contenido político de esta no visita.

Ante todo, señalo dos cosas que me parecen evidentes: Una, hay una distancia profunda entre la filosofía y los valores que defiende Francisco y los que subyacen al gobierno de Mauricio Macri. La otra, no es ese el motivo de su decisión de no viajar a Argentina.

Es obvio, no? La posición tradicional de la doctrina católica frente al capitalismo moderno es de cuestionamiento y rechazo del egoísmo e individualismo que ve en su esencia; este papa la plantea con sus palabras y sus gestos en forma abierta, vocal, política. Pero eso no le impidió viajar, por ejemplo, a los EE.UU., y criticar allí el etos capitalista, mucho más explícito en esa sociedad que entre nosotros.

Por cierto, el motivo no es una posible falta de eco de su mensaje pastoral. Aunque mucho de la Argentina urbana ha dejado de lado las prácticas tradicionales del catolicismo y sus sacramentos, o las conserva en forma puramente formal, todavía hay una mayoría de nuestro pueblo, especialmente en los sectores más humildes, que es profundamente religiosa. Hace pocos días, en la festividad del Señor y la Virgen del Milagro, en Salta, se movilizaron en procesiones y ceremonias más de ochocientos mil compatriotas. Muchos recorrieron a pie centenares de kilómetros, como manifestación de fe.

Creo que el obstáculo que este papa, que obviamente nos conoce muy bien, ve es algo que todos podemos ver también: el odio que se expresa abiertamente entre nosotros, especialmente, en este caso, en los sectores medios (que abarcan a la mayoría de los argentinos) y en los altos. Como tuve ocasión de decir en el blog hace poco, hay dos emociones fuertes en la política argentina: el antikirchnerismo y el antimacrismo (nombres nuevos para emociones muy antiguas). Puede decirse que son las "minorías intensas"; pero hay que reconocer que son minorías muy numerosas, y sobre todo muy vocales.

El mismo Francisco hoy es el blanco del rencor envenenado de muchos compatriotas que no le perdonan sus gestos amables hacia figuras emblemáticas del kirchnerismo. Ni tampoco, en el fondo, su vieja identificación con el peronismo. Igual, no creo que esto último es un factor fundamental: su piel debe estar bastante endurecida por la hostilidad que recibía del "otro lado". Y por las internas de la Iglesia, cómo no.

El razonamiento que a mí me parece probable - y comprensible - es que él, hombre de una estructura que piensa en términos de siglos, tiene claro que aunque la terrible experiencia de los '70 del siglo pasado ha servido de barrera para que esta "grieta" se exprese abiertamente en violencia, hasta ahora, no se solucionará con victorias electorales de uno u otro lado. Seguirá existiendo esa división, hasta y si los argentinos encontremos -como decía un poeta- otras cosas para amar. U odiar.

Encuentro un cierto paralelo en la actitud de otro compatriota, hace 187 años: En 1829, San Martín llega al puerto de Buenos Aires, después de varios años en Europa, pero no desembarca: vió que su patria estaba dividida sin remedio -habían asesinado a Dorrego -, y el no quería ser parte de una guerra civil. Confiemos que esta vez podamos solucionar mejor nuestras divisiones.