lunes, 12 de diciembre de 2016

Milagros demonizados

Por: Luis Bruschtein

Hubo una reacción violenta. Se cayó la careta del cinismo y aparecieron la cacerola y los carteles con las horcas para kirchneristas. Es la verdadera cara, un sinceramiento bestial causado por la derrota parlamentaria en la reforma del impuesto a las Ganancias. Para algunos fue sinceramiento, para otros es una cara reconocida en el ensañamiento y la persecución contra periodistas y políticos opositores, en la guardiacárcel que el jueves interrumpió una comunicación telefónica de una radio porteña con Milagro Sala para decir que no estaba autorizada. El mismo ensañamiento contra Alberto Cardozo, un dirigente de la Tupac que está preso porque no quiso declarar contra su compañera Milagro. Su sobrino Nelson fue asesinado de manera alevosa este martes en extrañas circunstancias en la cárcel. Ensañamiento que se denunció en todo el mundo y que en Argentina está silenciado por los medios cómplices. Ensañamiento que se repite en la persecución arbitraria, sistemática y humillante contra ex funcionarios, pero sobre todo contra Cristina Kirchner, con la complicidad de jueces y fiscales que abren causas inauditas contra sus hijos y contra su madre de casi 90 años, o cuando desarman a sus custodias, o cuando la hostigan con series interminables de trámites judiciales menores que una ex presidenta debería poder resolver sin tener que viajar miles de kilómetros. Una cara que muchos reconocen también en el ensañamiento contra un periodista crítico como Víctor Hugo Morales que fue avisado el miércoles durante su programa radial que estaban allanando su domicilio por enésima vez.

No se trata de una sociedad totalmente democrática. Siempre hubo y seguramente seguirá habiendo, un sector autoritario como el que ha sostenido dictaduras y otros gobiernos desastrosos y ha aplaudido estas prácticas degradantes, despóticas y, en algunos casos, también brutales. No es un sector mayoritario, pero con el respaldo de los medios concentrados pudo atraer confundidos y malhumorados con los que logró mayorías circunstanciales. Así se han generado gobiernos de derecha. No es la primera vez que la derecha gana elecciones o tuerce gobiernos democráticos con golpes de mercado. La mayoría de los gobiernos democráticos han sido de derecha, con mayor o menor énfasis, como los del menemismo y la Alianza. No existen mayorías permanentes porque la realidad es cambiante. Pero las mayorías que logra la derecha son fugaces porque gobiernan a favor de las minorías. El engañado, el iluso que creyó que tenía los mismos intereses que los grandes sojeros, el que soñaba con compartir country con el gran empresario, se da cuenta de su engaño cuando al sojero le bajan las retenciones y a él le suben las tarifas y el ABL, le bajan el salario con la inflación y lo incluyen en el impuesto a las Ganancias. O cuando se funde porque su comercio se quedó sin clientes.  Han sido mayorías fugaces con amplios sectores que después se arrepienten aunque vuelven a cometer la misma torpeza algunos años después. Torpeza por la que después tiene que pagar la sociedad en su conjunto, menos las minorías del privilegio. 

El impuesto a las ganancias rompió el esquema que  inauguró  el macrismo. El  massismo, el bloque Justicialista y los progresistas (socialistas, Gen y Libres del Sur) votaron junto al kirchnerismo desde la oposición por primera vez en un tema sensible para el oficialismo. Perdió una votación en el Congreso, pero el macrismo reaccionó como si hubieran traicionado un juramento: acabar con el kirchnerismo como primera prioridad. El discurso de la diputada Silvia Lospenato, desencajada por la ira, el rictus crispado de Macri cuando respondió a los periodistas en Mendoza y el malestar inocultable del siempre candoroso jefe de Gabinete Marcos Peña, mostraban algo más que el malhumor por un traspié parlamentario. Se había roto la magia que hizo creer a sus aliados progresistas que era progresista darle el control de la Magistratura a la derecha, o que era una estocada al kirchnerismo aprobarle o facilitarle a la derecha el pago a los buitres y la posibilidad de un endeudamiento infernal que padecerán las futuras generaciones. 

Fue la misma actitud desencajada de la diputada radical María Gabriela Burgos cuando el FPV pidió que el gobierno acate el fallo de la CIDH y libere a Milagro Salas. La rabia de la mujer la llevó al bochorno de acusar de corruptos a la CIDH y a la OEA. "¿Qué negocio hay detrás del pedido de la OEA?", dijo esta mujer casi en un éxtasis de verdad iluminada.

El grito de la mujer no era honesto. Solamente estaba repitiendo con teatralidad el único argumento que tiene la derecha. Un argumento que construyó con los medios corporativos, un sector del Poder Judicial y los servicios de inteligencia que han mantenido siempre la misma ideología desde la dictadura hasta el menemismo, los mismos que operaron contra Raúl Alfonsín y contra los gobiernos kirchneristas. Todos los argumentos, los de Burgos, Lospenato, Macri, Peña y la inefable Elisa Carrió se centraron en la vergüenza que era haber acompañado al kirchnerismo. No hubo más explicaciones políticas o económicas. Ese gran paquete de demonización de una fuerza política que los medios corporativos han logrado instalar en una parte de la sociedad es el único sostén argumental de la derecha. La demonización del kirchnerismo es el argumento que convence a los llamados progresistas y es el que fractura a los peronistas. Hay una sociedad que es llevada a girar en torno a ese solo argumento que ni siquiera tiene una formulación propositiva. 

Cuando ese argumento empieza a debilitarse, se reaviva la campaña judicial contra Cristina Kirchner y el juez Claudio Bonadio hace bailar a la Justicia en el caño como una streaper con la música del gobierno. Con ese argumento se oculta que hay un presidente con sociedades off shore en Panamá, las mismas sociedades que se usan para evadir impuestos. O se ignora que los que se enriquecieron con el dólar a futuro son los funcionarios del gobierno de Macri que compraron los dólares y después hicieron devaluar el peso. O cierran los ojos al hecho evidente de que si toda la obra pública fue corrupta durante el kirchnerismo, los que deberían estar en la mira son los socios de Macri, Nicki Caputo y Angelo Calcaterra, cuyos contratos eran varias veces superiores a los de Báez. Y como si todas estas evidencias fueran pocas, después de que el escándalo internacional de los Panamá Papers descubriera las sociedades offshore de los Macri, el presidente emite un decreto para evitar que su padre quede fuera del blanqueo. El decreto es como un mea culpa y los radicales y demás "republicanos" acompañan con alegría estas políticas. Pero se ensañan con una luchadora social como Milagro Sala que ha construido parques, hospitales y barrios populares enteros con los millones que recibió del gobierno kirchnerista. Todo eso está a la vista. Son pruebas tangibles del destino de ese dinero. Eso sí. Seguramente les hubiera hecho difícil el gobierno, porque es de otro signo político, pero la plata que le dieron la usó y sus resultados están a la vista, las pruebas son evidentes. Son crueles y caraduras cuando hablan del "relato kirchnerista" delante de las viviendas populares que construyó Milagro Sala, con piletas de natación para chicos que nunca en su vida hubieran podido siquiera conocerlas. Los radicales del gobernador Gerardo Morales y la diputada Burgos lo saben. Saben que necesitaban encarcelar a Sala porque les hubiera sido más difícil gobernar con una oposición popular estructurada. Por eso es una presa política y gracias a esos radicales la Argentina pasó a figurar otra vez en el mundo entre los países que violan los derechos humanos. Un país que después de sufrir una sangrienta dictadura se ganó el reconocimiento internacional por el respeto a los derechos humanos ahora pasó a convertirse en un país que los viola.

Solamente en el primer año de gobierno de Mauricio Macri, Argentina se incorporó al ranking internacional de la corrupción cuando los Panamá Papers pusieron el nombre del presidente Mauricio Macri entre los cuatro o cinco jefes de Estado con sociedades offshore no declaradas. Solamente en el primer año de gobierno de Mauricio Macri, Argentina pasó a figurar entre los países que no respetan la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Toda la campaña de demonización contra el kirchnerismo proviene de sus enemigos: de un monopolio mediático que se resistió a desmonopolizar, de los amigos de los represores que han sido juzgados, de los bancos que perdían gigantescas comisiones sin el negocio de la deuda, de los grandes comercializadores de soja que se oponían a las retenciones, de los bancos y empresas que perdieron las AFJP.

Es una diferencia. Porque ni aún así, ninguna de esas acusaciones supera esas dos marcas que logró Mauricio Macri en apenas un año –sin hablar del descalabro de la economía–. En cambio los actores locales no tienen ninguna relevancia en  las denuncias de la ONU por Milagro Sala y de los Panamá Papers por las offshore no declaradas de Macri. Esas son denuncias verdaderas y objetivas. Pero como está protegido por los grandes medios corporativos locales, enemigos jurados del kirchnerismo, después de un año la política sigue girando alrededor de la demonización de esa fuerza política.





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