viernes, 9 de diciembre de 2016

Brutal represión en Córdoba contra marcha de Barrios de Pie y otras organizaciones

Al estilo Gerardo Morales

En horas de la tarde de este jueves una movilización de diversas organizaciones sociales cordobesas, entre las que se cuentan Barrios de Pie, Federación de Organizaciones de Base (FOB), Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) y el Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) que intentaba pacíficamente intentaba entregarle un petitorio al gobernador Juan Schiaretti fue reprimida violentamente por la Gendarmería. Hay por lo menos 6 detenidos y decenas de heridos. Al cierre de esta nota, seguía concentrándose gente frente a la Comisaría 4º para reclamar la liberación inmediata de los detenidos.

El gobernador Schiaretti se aprestaba a inaugurar un árbol de Navidad en el Foro del Bicentenario, en barrio Nueva Córdoba, cuando la movilización que había arrancado desde el Patio Olmos de la capital cordobesa intentó acercarse pacíficamente para entregarle un petitorio en reclamo por la difícil situación social que se está atravesando en la ciudad, luego del tarifazo de servicios y los aumentos generalizados de precios. Pero dos cuadras antes de llegar a la Plaza España se encontraron con un cordón de Gendarmería que, sin mediar aviso previo ni negociación de ningún tipo, desató una violenta represión contra la columna, a pesar de la presencia de mujeres y niños.

Desde Notas pudimos dialogar Aylé, dirigente del FOL, que nos confirmó que uno de los reclamos principales que se intentaba presentar al gobernador tenía que ver con que "desde hace más de 3 meses que le venimos exigiendo los recursos para sostener nuestros comedores y las copas de leche, así como para unas fiestas dignas".

También dialogamos con Fabricio Fonseca Monroy, dirigente de Barrios de Pie, quien nos confirmó que la movilización era "absolutamente pacífica" y que al encontrarse con un cordón de Gendarmería que interrumpía la calle frenaron la marcha y un grupo de militantes intentó acercarse para dialogar pero que, sin mediar aviso ni provocación alguna, los gendarmes comenzaron a intentar detener a algunos manifestantes "incluso con policías masculinos que comenzaron a querer detener incluso compañeras" para luego "directamente a disparar balas de goma". También nos confirma que producto de la represión hay varios compañeros y compañeras de Barrios de Pie con heridas de diversas gravedad, desde una compañera con un balazo de goma en la cabeza hasta un joven con un tajo importante producto de un palazo.

El ministro de Seguridad cordobés Juan Carlos Massei intentó justificar el proceder policial adjudicando la represión al hecho de que algunos de los militantes se encontraban encapuchados: "Encapuchados y con palos, no es la forma. Los hemos recibido y los vamos a seguir recibiendo, pero así no es la forma. Si tienen gente pobre no hay ningún problema en recibirlos". También denunció que hay 5 policías heridos y confirmó la detención de 4 manifestantes.

Sin embargo, las organizaciones afirman que el número de detenidos es mayor. Pablo Perón, miltante de Patria Grande, nos cuenta desde la movilización de unas 200 personas que se permanecía hasta cerca de la medianoche en la puerta de la Comisaría 4º para reclamar por la libertad de los apresados que "Son seis los detenidos, dos de Barrios de Pie, dos de la FOB y dos que dicen no pertenecer a ninguna organización, entre ellos un menor de edad"

El abogado Carlos 'Vasco' Orzaocoa pudo ingresar a la Comisaría para constatar el estado de salud de los manifestantes demorados y confirmó que "dos de ellos, especialmente Bracamonte, están como golpeados en la cara, no hay quebraduras ni nada de ese tipo pero se nota que ha habido algún intercambio". Y agrega: "Están bien, quieren salir lo antes posible. Pero es muy importante la presencia de compañeros porque eso apura adentro el expediente".

Orzacoa explica que la Policía debe entregar las actas de detención a la Oficina Judicial para que luego los detenidos puedan pasar a la revisación médica antes de ser liberados. "Ese es el trámite inevitable, que normalmente tarda 4 o 5 horas. Esperemos que a partir de ahí los larguen. No tenemos ninguna seguridad", añade.

Perón luego nos explica que ese trámite viene demorado porque "la ayudante del fiscal que tiene que tomarle el trámite al comisario dice que no se lo puede tomar porque está con caso previo". Así que anticipa que la manifestación frente a la comisaría "va a ir para largo". También, como Orzacoa, destaca la importancia de sostener la presencia en la calle "para que no relajen y aceleren los trámites". Pero alerta acerca de la posibilidad de que "el comisario la quiera complicar agregando vericuetos administrativos, lo que redundaría en una demora del trámite y haría que probablemente a los compañeros no se los libere en esta noche sino recién el lunes".





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La verdadera represión

Fidel Castro y la represión contra los intelectuales

Por Ignacio Ramonet

La muerte de Fidel Castro ha dado lugar —en algunos grandes medios— a la difusión de cantidad de infamias contra el Comandante cubano. Eso me ha dolido. Sabido es que lo conocí bien. Y he decidido, por tanto, aportar mi testimonio personal. Un intelectual coherente debe denunciar las injusticias. Empezando por las de su propio país.

Cuando la uniformidad mediática aplasta toda diversidad, censura cualquier expresión divergente y sanciona a los autores disidentes es natural, efectivamente, que hablemos de "represión". ¿Cómo calificar de otro modo un sistema que amordaza la libertad de expresión y reprime las voces diferentes? Un sistema que no acepta la contradicción por muy argumentada que sea. Un sistema que establece una "verdad oficial" y no tolera la transgresión. Semejante sistema tiene un nombre, se llama "tiranía" o "dictadura". No hay discusión.

Como muchos otros, yo viví en mis propias carnes los azotes de ese sistema... en España y en Francia. Es lo que quiero contar.

La represión contra mi persona empezó en 2006, cuando publiqué en España mi libro Fidel Castro. Biografía a dos voces   —o Cien horas con Fidel— (Debate, Barcelona), fruto de cinco años de documentación y de trabajo, y de centenares de horas de conversaciones con el líder de la revolución cubana. Inmediatamente fui atacado. Y comenzó la represión. Por ejemplo, el diario El País (Madrid), en el que hasta entonces yo escribía regularmente en sus páginas de opinión, me sancionó. Cesó de publicarme. Sin ofrecerme explicación alguna. Y no sólo eso, sino que —en la mejor tradición estalinista— mi nombre desapareció de sus páginas. Borrado. No se volvió a reseñar un libro mío, ni se hizo nunca más mención alguna de ninguna actividad intelectual mía. Nada. Suprimido. Censurado. Un historiador del futuro que buscase mi nombre en las columnas del diario El País deduciría que fallecí hace una década...

Lo mismo en La Voz de Galicia, diario en el que yo escribía también, desde hacía años, una columna semanal titulada "Res Publica". A raíz de la edición de mi libro sobre Fidel Castro, y sin tampoco la mínima excusa, me reprimieron. Dejaron de publicar mis crónicas. De la noche a la mañana: censura total. Al igual que en El País, ninguneo absoluto. Tratamiento de apestado. Jamás, a partir de entonces, la más mínima alusión a cualquier actividad mía.

Como en toda dictadura ideológica, la mejor manera de ejecutar a un intelectual consiste en hacerle "desaparecer" del espacio mediático para "matarlo" simbólicamente. Hitler lo hizo. Stalin lo hizo. Franco lo hizo. Los diarios El País y La Voz de Galicia lo hicieron conmigo.

En Francia me ocurrió otro tanto. En cuanto las editoriales Fayard y Galilée editaron mi libroFidel Castro. Biographie à deux voix en 2007, la represión se abatió de inmediato sobre mí.

En la radio pública France Culture, yo animaba un programa semanal, los sábados por la mañana, consagrado a la política internacional. Al publicarse mi libro sobre Fidel Castro y al comenzar los medios dominantes a atacarme violentamente, la directora de la emisora me convocó en su despacho y, sin demasiados rodeos, me dijo: "Es imposible que usted, amigo de un tirano, siga expresándose en nuestras ondas". Traté de argumentar. No hubo manera. Las puertas de los estudios se cerraron por siempre para mí. Ahí también se me amordazó. Se silenció una voz que desentonaba en el coro del unanimismo anticubano.

En la Universidad Paris-VII, yo llevaba 35 años enseñando Teoría de la Comunicación Audiovisual. Cuando empezó a difundirse mi libro y la campaña mediática contra mí, un compañero me advirtió: "¡Ojo! Algunos responsables andan diciendo que no se puede tolerar que 'el amigo de un dictador' dé clases en nuestra facultad...". Pronto empezaron a circular por los pasillos octavillas anónimas contra Fidel Castro y reclamando mi expulsión de la universidad. Al poco tiempo se me informó oficialmente que mi contrato no sería renovado... En nombre de la libertad de expresión se me negó el derecho de expresión.

Yo dirigía en aquel momento, en París, el mensual Le Monde Diplomatique, perteneciente al mismo grupo editorial del conocido diario Le Monde. Y, por razones históricas, yo pertenecía a la Sociedad de Redactores de ese diario, aunque ya no escribía en sus columnas. Esta Sociedad era entonces muy importante en el organigrama de la empresa por su condición de accionista principal, porque en su seno se elegía al director del diario y porque velaba por el respeto de la deontología profesional.

En virtud de esta responsabilidad precisamente, unos días después de la difusión de mi biografía de Fidel Castro en las librerías, y después de que varios medios importantes (entre ellos el diario Libération) empezaran a atacarme, el presidente de la Sociedad de Redactores me llamó para transmitirme la "extrema conmoción" que, según él, reinaba en el seno de la Sociedad de Redactores por la publicación del libro. "¿Lo has leído?", le pregunté. "No, pero no importa —me contestó—. Es una cuestión de ética, de deontología. Un periodista del grupo Le Monde no puede entrevistar a un dictador". Le cité de memoria una lista de una docena de auténticos autócratas de África y de otros continentes a los que el diario había concedido complacientemente la palabra durante décadas. "No es lo mismo —me dijo—. Precisamente te llamo por eso: los miembros de la Sociedad de Redactores quieren que vengas y nos des una explicación". "¿Me queréis hacer un juicio? ¿Un 'proceso de Moscú'? ¿Una 'purga' por desviacionismo ideológico? Pues vais a tener que asumir vuestra función de inquisidores y de policías políticos y llevarme a la fuerza ante vuestro tribunal". No se atrevieron.

No me puedo quejar; no fui encarcelado, ni torturado, ni fusilado como le ocurrió a tantos periodistas e intelectuales bajo el nazismo, el estalinismo o el franquismo. Pero fui represaliado simbólicamente. Igual que en El País o en La Voz, me "desaparecieron" de las columnas del diario Le Monde. O sólo me citaban para lincharme.

Mi caso no es único. Conozco —en Francia, en España, en otros países europeos— a muchos intelectuales y periodistas condenados al silencio, a la "invisibilidad" y a la marginalidad por no pensar como el coro feroz de los medios dominantes, por rechazar el "dogmatismo anticastrista obligatorio". Durante decenios, el propio Noam Chomsky, en Estados Unidos, país de la "caza de brujas", fue condenado al ostracismo por los grandes medios que le prohibieron el acceso a las columnas de los diarios más influyentes y a las antenas de las principales emisoras de radio y televisión.

Esto no ocurrió hace cincuenta años en una lejana dictadura polvorienta. Está pasando ahora, en nuestras "democracias mediáticas". Yo lo sigo padeciendo en este momento. Por haber hecho, simplemente, mi trabajo de periodista y haberle dado la palabra a Fidel Castro. ¿Acaso no se le da, en un juicio, la palabra al acusado? ¿Por qué no se acepta la versión del dirigente cubano, a quien los grandes medios dominantes juzgan y acusan en permanencia?

¿Acaso no es la tolerancia la base misma de la democracia? Voltaire definía la tolerancia de la siguiente manera: "No estoy en absoluto de acuerdo con lo que usted afirma, pero lucharía hasta la muerte para que tenga usted el derecho de expresarse". La dictadura mediática, en la era de la postverdad, ignora este principio elemental.



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