sábado, 31 de diciembre de 2016

2017, RECUPEREMOS EL TIMÓN

¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!!!

 

 

31 de diciembre de 2016 - Pagina12 | El mundo

LA GLOBALIZACIÓN HA MUERTO

Por Alvaro García Linera

El desenfreno por un inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de los Estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa certidumbre de que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único espacio económico, financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante el enmudecido estupor de las élites globalófilas del planeta. 

La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la Unión Europea –el proyecto más importante de unificación estatal de los últimos 100 años– y la victoria electoral de Trump –que enarboló las banderas de un regreso al proteccionismo económico, anunció la renuncia a tratados de libre comercio y prometió la construcción de mesopotámicas murallas fronterizas–, han aniquilado la mayor y más exitosa ilusión liberal de nuestros tiempos. Y que todo esto provenga de las dos naciones que hace 35 años atrás, enfundadas en sus corazas de guerra, anunciaran el advenimiento del libre comercio y la globalización como la inevitable redención de la humanidad, habla de un mundo que se ha invertido o, peor aún, que ha agotado las ilusiones que lo mantuvieron despierto durante un siglo.

Y es que la globalización como meta-relato, esto es, como horizonte político ideológico capaz de encausar las esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos. Y hoy no existe en su lugar nada mundial que articule esas expectativas comunes; lo que se tiene es un repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tipo de tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica, ante un mundo que ya no es el mundo de nadie.

La medida geopolítica  del capitalismo

Quien inició el estudio de la dimensión geográfica del capitalismo fue Marx. Su debate con el economista Friedrich List sobre el "capitalismo nacional" en 1847 y sus reflexiones sobre el impacto del descubrimiento de las minas de oro de California en el comercio transpacífico con Asia, lo ubican como el primer y más acucioso investigador de los procesos de globalización económica del régimen capitalista. De hecho, su aporte no radica en la comprensión del carácter mundializado del comercio que comienza con la invasión europea a América sino en la naturaleza planetariamente expansiva de la propia producción capitalista. 

Las categorías de subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al capital con las que Marx devela el automovimiento infinito del modo de producción capitalista, suponen la creciente subsunción de la fuerza de trabajo, el intelecto social y la tierra, a la lógica de la acumulación empresarial, es decir, la supeditación de las condiciones de existencia de todo el planeta a la valorización del capital. De ahí que en los primeros 350 años de su existencia, la medida geopolítica del capitalismo haya avanzado de las ciudades-Estado a la dimensión continental y haya pasado, en los últimos 150 años, a la medida geopolítica planetaria. 

La globalización económica (material) es pues inherente al capitalismo. Su inicio se puede fechar 500 años atrás, a partir del cual habrá de tupirse, de manera fragmentada y contradictoria, aún mucho más. 

Si seguimos los esquemas de Giovanni Arrighi en su propuesta de ciclos sistémicos de acumulación capitalista a la cabeza de un Estado hegemónico: Génova (siglos XV-XVI), los Países Bajos (siglo XVIII), Inglaterra (siglo XIX) y Estados Unidos (siglo XX), cada uno de estos hegemones vino acompañado de un nuevo tupimiento de la globalización (primero comercial, luego productiva, tecnológica, cognitiva y, finalmente, medio ambiental) y de una expansión territorial de las relaciones capitalistas.¡¡¡¡ Sin embargo, lo que sí constituye un acontecimiento reciente al interior de esta globalización económica es su construcción como proyecto político-ideológico, esperanza o sentido común, es decir, como horizonte de época capaz de unificar las creencias políticas y expectativas morales de hombres y mujeres pertenecientes a todas las naciones del mundo!!!! 

El "fin de la historia"

La globalización como relato o ideología de época no tiene más de 35 años. Fue iniciada por los presidentes Ronald Reagan y Margaret Thatcher, liquidando el Estado de bienestar, privatizando las empresas estatales, anulando la fuerza sindical obrera y sustituyendo el proteccionismo del mercado interno por el libre mercado, elementos que habían caracterizado las relaciones económicas desde la crisis de 1929

Ciertamente fue un retorno amplificado a las reglas del liberalismo económico del siglo XIX, incluida la conexión en tiempo real de los mercados, el crecimiento del comercio en relación al Producto Interno Bruto (PIB) mundial y la importancia de los mercados financieros, que ya estuvieron presentes en ese entonces. Sin embargo, lo que sí diferenció esta fase del ciclo sistémico de la que prevaleció en el siglo XIX fue la ilusión colectiva de la globalización, su función ideológica legitimadora y su encumbramiento como supuesto destino natural y final de la humanidad. 

Y aquellos que se afiliaron emotivamente a esa creencia del libre mercado como salvación final no fueron simplemente los gobernantes y partidos políticos conservadores, sino también los medios de comunicación, los centros universitarios, comentaristas y líderes sociales. El derrumbe de la Unión Soviética y el proceso de lo que Gramsci llamó transformismo ideológico de ex socialistas devenidos en furibundos neoliberales, cerró el círculo de la victoria definitiva del neoliberalismo globalizador. 

¡Claro! Si ante los ojos del mundo la URSS, que era considerada hasta entonces como el referente alternativo al capitalismo de libre empresa, abdica de la pelea y se rinde ante la furia del libre mercado –y encima los combatientes por un mundo distinto, públicamente y de hinojos, abjuran de sus anteriores convicciones para proclamar la superioridad de la globalización frente al socialismo de Estado–, nos encontramos ante la constitución de una narrativa perfecta del destino "natural" e irreversible del mundo: el triunfo planetario de la libre empresa. 

El enunciado del "fin de la historia" hegeliano con el que Fukuyama caracterizó el "espíritu" del mundo, tenía todos los ingredientes de una ideología de época, de una profecía bíblica: su formulación como proyecto universal, su enfrentamiento contra otro proyecto universal demonizado (el comunismo), la victoria heroica (fin de la guerra fría) y la reconversión de los infieles.

La historia había llegado a su meta: la globalización neoliberal. Y, a partir de ese momento, sin adversarios antagónicos a enfrentar, la cuestión ya no era luchar por un mundo nuevo, sino simplemente ajustar, administrar y perfeccionar el mundo actual pues no había alternativa frente a él. Por ello, ninguna lucha valía la pena estratégicamente pues todo lo que se intentara hacer por cambiar de mundo terminaría finalmente rendido ante el destino inamovible de la humanidad que era la globalización. Surgió entonces un conformismo pasivo que se apoderó de todas las sociedades, no solo de las élites políticas y empresariales, sino también de amplios sectores sociales que se adhirieron moralmente a la narrativa dominante. (Aquí, reivindicando un escrito reciente de Horacio González, añorando nuestra 3ra posición histórica, podemos valorar que nuestra fuerza nacional sí es dueña del antídoto al globalismo).

La historia sin fin ni destino

Hoy, cuando aún retumban los últimos petardos de la larga fiesta "del fin de la historia", resulta que quien salió vencedor, la globalización neoliberal, ha fallecido dejando al mundo sin final ni horizonte victorioso, es decir, sin horizonte alguno. Trump no es el verdugo de la ideología triunfalista de la libre empresa, sino el forense al que le toca oficializar un deceso clandestino. 

Los primeros traspiés de la ideología de la globalización se hacen sentir a inicios de siglo XXI en América Latina, cuando obreros, plebeyos urbanos y rebeldes indígenas desoyen el mandato del fin de la lucha de clases y se coaligan para tomar el poder del Estado. Combinando mayorías parlamentarias con acción de masas, los gobiernos progresistas y revolucionarios implementan una variedad de opciones posneoliberales mostrando que el libre mercado es una perversión económica susceptible de ser reemplazada por modos de gestión económica mucho más eficientes para reducir la pobreza, generar igualdad e impulsar crecimiento económico. 

Con ello, el "fin de la historia" comienza a mostrarse como una singular estafa planetaria y nuevamente la rueda de la historia –con sus inagotables contradicciones y opciones abiertas– se pone en marcha. Posteriormente, en 2009, en EE.UU. el hasta entonces vilipendiado Estado, que había sido objeto de escarnio por ser considerado una traba a la libre empresa, es jalado de la manga por Obama para estatizar parcialmente la banca y sacar de la bancarrota a los banqueros privados. El eficienticismo empresarial, columna vertebral del desmantelamiento estatal neoliberal, queda así reducido a polvo frente a su incompetencia para administrar los ahorros de los ciudadanos. 

Luego viene la ralentización de la economía mundial, pero en particular del comercio de exportaciones. Durante los últimos 20 años, este crece al doble del Producto Interno Bruto (PIB) anual mundial, pero a partir del 2012 apenas alcanza a igualar el crecimiento de este último, y ya en 2015 es incluso menor, con lo que la liberalización de los mercados ya no se constituye más en el motor de la economía planetaria ni en la "prueba" de la irresistibilidad de la utopía neoliberal. 

Por último, los votantes ingleses y norteamericanos inclinan la balanza electoral a favor de un repliegue a Estados proteccionistas –si es posible amurallados–, además de visibilizar un malestar ya planetario en contra de la devastación de las economías obreras y de clase media, ocasionado por el libre mercado planetario.

Hoy, la globalización ya no representa más el paraíso deseado en el cual se depositan las esperanzas populares ni la realización del bienestar familiar anhelado. Los mismos países y bases sociales que la enarbolaron décadas atrás, se han convertido en sus mayores detractores. Nos encontramos ante la muerte de una de las mayores estafas ideológicas de los últimos siglos. 

¡¡Sin embargo, ninguna frustración social queda impune!!  Existe un costo moral que, en este momento, no alumbra alternativas inmediatas sino que –es el camino tortuoso de las cosas– las cierra, al menos temporalmente. Y es que a la muerte de la globalización como ilusión colectiva no se le contrapone la emergencia de una opción capaz de cautivar y encauzar la voluntad deseante y la esperanza movilizadora de los pueblos golpeados. La globalización, como ideología política, triunfo sobre la derrota de la alternativa del socialismo de Estado, esto es, de la estatización de los medios de producción, el partido único y la economía planificada desde arriba. La caída del muro de Berlín en 1989 escenifica esta capitulación. Entonces, en el imaginario planetario quedo una sola ruta, un solo destino mundial. Y lo que ahora está pasando es que ese único destino triunfante también fallece, muere. Es decir, la humanidad se queda sin destino, sin rumbo, sin certidumbre. Pero no es el "fin de la historia" –como pregonaban los neoliberales–, sino el fin del "fin de la historia"; es la nada de la historia.

Lo que hoy queda en los países capitalistas es una inercia sin convicción que no seduce, un manojo decrépito de ilusiones marchitas y, en la pluma de los escribanos fosilizados, la añoranza de una globalización fallida que no alumbra más los destinos. Entonces, con el socialismo de Estado derrotado y el neoliberalismo fallecido por suicidio, el mundo se queda sin horizonte, sin futuro, sin esperanza movilizadora. Es un tiempo de incertidumbre absoluta en el que, como bien intuía Shakespeare, "todo lo sólido se desvanece en el aire". Pero también por ello es un tiempo más fértil, porque no se tienen certezas heredadas a las cuales asirse para ordenar el mundo. Esas certezas hay que construirlas con las partículas caóticas de esta nube cósmica que deja tras suyo la muerte de las narrativas pasadas. 

¿Cuál será el nuevo futuro movilizador de las pasiones sociales? Imposible saberlo. Todos los futuros son posibles a partir de la "nada" heredada. Lo común, lo comunitario, lo comunista es una de esas posibilidades que está anidada en la acción concreta de los seres humanos y en su imprescindible relación metabólica con la naturaleza. En cualquier caso, no existe sociedad humana capaz de desprenderse de la esperanza. No existe ser humano que pueda prescindir de un horizonte, y hoy estamos compelidos a construir uno. Eso es lo común de los humanos y ese común es el que puede llevarnos a diseñar un nuevo destino distinto a este emergente capitalismo errático que acaba de perder la fe en sí mismo. 

* Vicepresidente de Bolivia

 

 




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Los deseos de un periodista violento que quiere marcar la cancha

Un país asediado por minorías violentas

LA NACION
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SÁBADO 31 DE DICIEMBRE DE 2016

Nunca en 33 años de democracia se intentó agredir físicamente a un presidente. Con Mauricio Macri ya lo hicieron dos veces. Tal vez la explicación radique en que los otros presidentes democráticos no debieron convivir con minorías opositoras fanáticas y violentas. Sea como sea, el caso reviste una enorme gravedad institucional y, además, expone la fragilidad de un país asediado por grupos ideológicos dispuestos a todo. La reciente agresión en Villa Traful sucedió cuando terminaba diciembre, el mes del apocalipsis que nunca ocurrió. Durante más de dos meses, voceros de aquellas minorías inquietaron a la sociedad con sombríos presagios sobre supuestas sublevaciones sociales. No pasó nada.

Villa Traful es un pueblo bello, pequeño y aislado de la Patagonia. Los que atentaron contra el Presidente no eran vecinos de ahí, sino militantes del sindicalismo kirchnerista de la capital de Neuquén. Practicaron la misma maniobra que habían usado en Mar del Plata hace cuatro meses. Un día antes de la visita de Macri, se metieron en casas que estaban dentro de los cordones de la seguridad presidencial. De ese modo, no debieron atravesar luego el control de la custodia de Macri. En Mar del Plata estuvieron muy cerca de agredirlo seriamente; lo salvó al Presidente un grupo de trabajadores que estaban en las obras que Macri acababa de visitar. En Villa Traful lo salvó la suerte. La piedra estalló contra el vidrio de la camioneta en la que viajaba a un metro del asiento que ocupaba.

En Villa Traful y en Mar del Plata, los grupos violentos fueron identificados después como adscriptos al kirchnerismo, que ahora se reduce al cristinismo duro y cerril.

El peronismo de Neuquén, que no gobierna la provincia, está bajo la influencia de Oscar Parrilli, el ex jefe de los servicios de inteligencia de Cristina. Ya antes, el Presidente debió postergar una visita a Neuquén porque su agencia de inteligencia le advirtió que su seguridad no estaba garantizada.

La violencia no es nueva en el cristinismo. ¿Qué concepto de la pacificación política puede tener un grupo que en su momento exaltó al prepotente Guillermo Moreno e inauguró la era del escrache en la Argentina? El escrache es un método de identificación del enemigo que instauraron el fascismo italiano y el nazismo alemán. Esas execrables corrientes ideológicas también usaron el método de usar información falsa para desacreditar al enemigo designado.

El fárrago tuitero de Cristina Kirchner sigue siendo un catálogo de sornas groseras, de descalificaciones improbables y de violencia verbal implícita. Es ella la que contribuye a generar entre sus seguidores el odio incapaz de entender las razones. ¿Desesperación ante el previsible huracán de persecuciones judiciales? Puede ser, pero lo cierto es que el fanatismo que creó la ex presidenta es, como todo fanatismo, violento y ciego.

Hace poco, una encuestadora hizo focus groups sólo con militantes cristinistas. Les mostraron las fotos de José López revoleando millones de dólares sobre un convento y las de la caja de seguridad de Florencia Kirchner con casi seis millones de dólares. Respuesta de esa militancia cerril: "No es cierto. Son inventos de Clarín".

Ante semejante obcecación, no puede sorprender que desconozcan a Macri como un presidente legal y legítimo. En el fondo, los violentos creen que no están agrediendo a un presidente, sino a un usurpador del poder que es de ellos. La presunta representación de un pueblo invisible es más valiosa para ellos que la elección popular de un presidente o que las virtudes de la democracia. Ésa fue una polémica que se creía agotada entre la sangre y las muertes de hace más de cuarenta años.

La violencia fue tangible también en la Capital, cuando el lunes pasado tomaron y depredaron la comisaría de Flores. Un joven de 14 años había muerto a manos de motochorros. Los vecinos se sublevaron y manifestaron ante la sede policial. Pero los que entraron y destrozaron no fueron los vecinos, otra vez, sino un grupo de barrabravas. Nada se sabe de éstos, salvo que nunca hacen gratis ningún esfuerzo.

El objetivo era claro: crear una situación de rebeldía social que provocara el contagio en otros barrios de la Capital y del revoltoso conurbano bonaerense. Fue el último intento, abortado, para convertir las fiestas de fin de año en una ordalía de rebeldías y represiones.

Párrafo aparte merece la reacción legítima de los vecinos ante la inseguridad. La escasez de seguridad en la Capital es un problema grave, que el jefe de gobierno Horacio Rodríguez Larreta colocó en un increíble paréntesis durante un año. Rodríguez Larreta representa a un partido que durante ocho años pidió que el gobierno nacional le pasara la Policía Federal. Es lo que hizo Macri no bien asumió como presidente. Pero el jefe de gobierno capitalino se tomó un año para concretar la fusión de la federal con la metropolitana. Consecuencia: la policía desapareció de las calles. Los asaltos y los crímenes son ahora más frecuentes en la Capital que en la provincia de Buenos Aires.

¿Es difícil la complementación de la Policía Federal y la Metropolitana? Lo es. De hecho, se sabe que nada se hizo frente a los pequeños grupos piqueteros que asolaron la Capital en los días previos a la Navidad, porque Rodríguez Larreta temió que la policía le regalara no un muerto, sino tres. Si así fue, debió entonces abrir las puertas de la Capital a las tropas federales de Patricia Bullrich, la Gendarmería y la Prefectura Naval, que lograron domesticar la protesta en territorios federales (rutas, autopistas, aeropuertos y puertos). Aquel paréntesis en la seguridad de la Capital es una política inaceptable.

Esos pequeños brotes de violencia (algunos extremadamente peligrosos) fue lo único que sacudió la modorra de diciembre. El apocalipsis no sucedió (aunque lo intentaron) por dos razones. La primera es que los gobernantes, sean funcionarios nacionales, gobernadores o intendentes, no retacearon la ayuda social a los sectores más carenciados de la sociedad. Mauricio Macri ordenó el acuerdo con los principales movimientos sociales, que significa un desembolso de 30.000 millones de pesos en tres años. La capacidad de diálogo de su ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, con los dirigentes sociales más alejados de la ideología del Gobierno fue una revelación política. Gobernadores e intendentes peronistas, que tomaron distancia del kirchnerismo, percibieron que ellos también serían víctimas de eventuales sublevaciones. La contribución de ellos a la paz social fue decisiva.

Otra razón no menor fue la prédica del Papa ante todos sus interlocutores argentinos para que hubiera en su país un fin de año pacífico. No se sabe si pronunció, como se dice, la frase "cuiden a Mauricio", pero el sentido de sus palabras y de sus acciones fue en esa dirección. La palabra papal tiene predicamento en movimientos sociales y en algunos sindicatos. Convenció, incluso, a Juan Grabois, un referente de los movimientos sociales y cercano al Pontífice, de que no deben crearse espacios para desestabilizar a un gobierno democrático. También habló, con las moderadas formas de Francisco, con Gustavo Vera para que se callara durante un tiempo, al menos. Vera calló.

Esas gestiones y gestos del Papa no significan, desde ya, que él coincida con todo lo que hace Macri. Su principal reproche (y el de la Iglesia argentina) al gobierno de Macri es que no existe un plan concreto y claro de creación de trabajo genuino. El Papa y su Iglesia sostuvieron siempre que los planes sociales deben ser sólo coyunturales y que la solución definitiva al conflicto social vendrá con la creación de trabajo. A pesar de todo, el Papa sigue siendo centro, aunque de manera mucho más atenuada, de la agresión verbal en las redes sociales de los antikirchneristas (que no le perdonan que haya recibido a Cristina en su momento), de los anticlericales (que son así desde siempre) y de los sectores ultraconservadores de la Iglesia, que lo detestan. Minorías, también.

El país institucional mejoró más allá de la acción de cualquier minoría violenta. No es sólo un mérito de Macri, aunque él contribuyó a crear un clima de libertad y diálogo. También el peronismo no kirchnerista ayudó a la gobernabilidad.

¿Qué habría sido de Macri si el peronismo parlamentario hubiera representado cabalmente a la conducción de Cristina? Sergio Massa, Diego Bossio y, sobre todo, Miguel Pichetto reinstalaron la noción de un peronismo democrático e institucionalista. El Poder Judicial no debió revisar ninguna decisión del Poder Ejecutivo después del caso de las tarifas de gas. Es el resultado del consenso entre el Gobierno y la oposición en casi todas las decisiones importantes.

Sin embargo, algo grave sobrevive: las minorías fanáticas y violentas son la enfermedad incurable del país poskirchnerista.






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¿y por casa?

Caramba, aqui la "impoluta La Nacion", denuncia la paja en el ojo, y no advierte lA VIGA EN LA PROPIA?

El periodismo de trincheras, o de guerrillas, del cual en un acto de sincericidio brutal acepto haber participado Julio Blanck de
Clarin y TN, fueron los que profundizaron la enorme grieta que para estos tiempos enfrenta dos visiones de la vida politica
y que ya no tienen reconstrucción.
Odio, discriminacion, violencia, persecucion, fueron pilares para una alianza de clase que esta disfrutando del nuevo reparto
de bienes, que antaño dieron origen a la Argentina agraria y oligarca, cuando financiaron la eliminacion de los indios en la
"Campaña del desierto" y se
repartieron sus tierras.
Para consolidar la "invasion" antaño se necesitaba al poder militar, ahora se cultiva el adocenamiento
del pensamiento a
traves de los medios dominantes, qe imponen "un nuevo sentido comun".

La denostada "pesada herencia" dejó en realidad un balón de oxigeno con el cual todavia sobreviven sectores medios, que
prontamente sentiran el olor a la fractura y descompostura social que ya se produjo en los sectores mas vulnerables.
El tema es que si cuando les llegue, tendrán los suficientes cojones para admitirlo: "antes estabamos mejor", sera la reflexion
que los golpeará, o su prejuicio y orgullo, los hara mirar para otro lado. JGC

http://www.lanacion.com.ar/1971142-especular-y-hacer-quinielas

Especular y hacer quinielas

Tertulianos de radio o tele, que sólo venden humo

El País
Sábado 31 de diciembre de 2016
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MADRID

Acabo de oír, en una tertulia mañanera, algo que me incomoda. Resulta que una periodista -joven, aunque lo mismo podría haber sido un correoso veterano-, en plena, inevitable y reiterativa conversación sobre política y políticos, tema estrella de nuestras vidas radiofónicas y televisivas, ha afirmado, sin despeinarse y sin que ningún contertulio se lo matice: "Nuestro deber como periodistas es especular y hacer quinielas". Y ojo. No lo soltó en plan guasón, choteándose de las cosas de la vida y de la deriva que la palabra periodismo, envenenada por la política y sus protagonistas, sufre en España, sino con toda la seriedad del mundo. De buena fe, y creyéndoselo. O sea. Tragándoselo hasta la bola.

Hay que ver cómo cambia el paisaje. Durante los veintiún años que ejercí el oficio, y en boca de cuantos maestros de periodistas conocí, siempre escuché lo contrario. Nuestro deber, insistían, es averiguar hechos ciertos, documentarlos con rigor y contarlos con la mayor limpieza posible, para que el receptor, el lector o quien sea, pueda hacerse su propia idea del asunto. La parte especulativa o analítica quedaba para los editorialistas y redactores de opinión, quienes, por su prestigio o cercanía ideológica con la empresa que les pagaba, se metían en jardines metafísicos. Como decía Paco Cercadillo, el mejor redactor jefe que tuve en mi vida: "Cuando quieras opinar, cabrón, fundas tu periódico". O como escribió Graham Greene, que fue reportero: "Dios sólo existe para los editorialistas".

Quizá porque fui puta antes que monja, y por más voluntad que le echo al asunto, no consigo acostumbrarme a ciertos usos y maneras excesivas de ese periodismo especulador y opinativo que hoy, con frecuencia, sustituye al honorable rastreo riguroso de toda la vida; aunque, por suerte, éste no haya desaparecido de las redacciones ni del espíritu de los jóvenes lobeznos que, pese a las dificultades y a veces a pesar de sus propias empresas, salen a buscarse la vida en territorios comanches allí o aquí, teniendo presente, o intuyéndolo aunque nadie se lo haya dicho, aquello de las tres fuentes que otro viejo maestro, Chema Pérez Castro, me explicó cuando puse los pies en la sección de Internacional que él dirigía. Tres fuentes necesarias sin las que ningún periodista serio debería afirmar o publicar nada importante: una proporciona el dato, otra lo confirma y una tercera lo blinda. Con eso, decía Chema, nadie podrá jamás tirarte abajo nada. Nunca.

Pero resulta que, por el espacio peligroso y ambiguo que va de Paco Cercadillo y Chema Pérez Castro al periodista que especula y hace quinielas, transita ahora peligrosamente, me parece, buena parte del periodismo que se hace en España, o al menos uno de sus aspectos más visibles: justo el que a veces le resta credibilidad -a causa de la demanda, cualquiera puede ser tertuliano de radio o tele aunque sólo venda humo-, y a menudo, por su exceso y prolijidad, también lo hace aburrido, previsible y hasta sospechoso. Porque una cosa es el análisis de la realidad política, la especulación tertuliana honesta, informada y necesaria, y otra convertir la política en argumento estrella por sí misma, donde todo cuanto bajo ésta se cobije se vende como si nuestras vidas dependieran de ello.

En mi opinión, estos lodos provienen de viejos polvos, cuando la transición alumbró una excesiva familiaridad entre periodistas y políticos; un compadreo que entonces fue útil, pues permitía airear asuntos importantes, pero también suscitó un estilo de periodismo excesivamente cercano a la política, contaminado por ésta e incrustado en ella de modo poco higiénico. Esa simbiosis introdujo a demasiados periodistas en la trastienda de los partidos, y algunos llegaron a creer, y a decirlo, que el picor de nalgas de un secretario general, el silencio de un ministro o el bostezo de un presidente del gobierno, o sea, los más intrascendentes recovecos y mecanismos internos de la política, son materia de interés público, decisiva para nuestro presente y nuestro futuro. Y así, lo que en otros países ocupa una pequeña o razonable parcela de programas, periódicos o telediarios, aquí se ha vuelto médula fundamental, salsa de todos los platos, motivo continuo y aparente razón de ser de un periodismo que, salvando respetables y muy espléndidas excepciones, a veces olvida su noble función informativa para convertirse en colaborador necesario, incluso cómplice, en el pasteleo de una infame clase política que ha convertido España en un negocio y un disparate. Convirtiendo a mucha mediocre gentuza, de tanto nombrarla, glosarla y sobarla, en arrogantes reyes del mambo.





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