sábado, 6 de mayo de 2017

Argentina Nuclear, 2017 – LXI: Balance de los años de plomo

por Abel B.

Daniel Arias retoma la saga. Pero antes de seguir con la historia (en su mayor parte triste) del programa nuclear argentino en democracia, se siente obligado a hacer un balance de la etapa más cruel, de 1976 a 1983. Además de desmitificar una "investigación" periodística.

  1. Un contralmirante argentino vs. un almirante contraargentino

 

No los hacen más distintos: el contralmirante Castro Madero explica su proyecto de submarino nuclear argentino. Al almirante Massera lo acaban de hundir durante los juicios contra las juntas.

Antes de rasquetear los ripios del átomo en democracia, hay que redondear alguna conclusión sobre la administración nuclear del físico reactorista y contralmirante Carlos Castro Madero. Pero es imposible sin contrastar su figura con la de su principal enemigo: su superior pero jamás jefe, el almirante Eduardo Emilio Massera.

La herencia de Castro Madero es controvertida e imponente: es la base de un "haber" todavía vivo, contante y sonante, medible en las exportaciones nucleares de INVAP. Esa herencia resistió a su distraída dilapidación cuando no a su ruina deliberada por los sucesivos gobiernos de Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, De la Ruina, y Duhalde. Resistió también a pecados originales ineludibles, siendo Castro Madero un integrante de la peor dictadura de la historia nacional, gobierno que integró como su único, último y paradójico milico desarrollista "a la brasileña".

Sobre los 17 desaparecidos de la CNEA, los 4 del Balseiro y los 12 que sobrevivieron al secuestro y la tortura todavía se discute. Muchos de los sobrevivientes (Máximo Victoria, por ejemplo) culpan al contralmirante de su descenso al Hades. El lic. Luis Colángelo, histórico jefe de RRII nuclear, cree más bien que fue quien logró que no los mataran, y el físico Mario Mariscotti, ex gerente de I&D, es del mismo parecer. La física nuclear Emma Pérez Ferreira, futura presidente de la CNEA, en los '70 una militante radical que se perdió estar en FORJA por demasiado joven, se perdió también un viaje de ida a la ESMA porque lo impidió su colega Carlos, con quien se tuteaba. Al especialista en materiales Tommy Buch, un izquierdista más bien reflexivo incluso de joven, ya lo habían echado de todos sus cargos universitarios y estaba –como quien dice- pegado a la alfombra y sin respirar a la espera de que le patearan la puerta, cuando el contralmirante lo escamoteó ante las narices de la SIDE y lo sepultó a descular la metalurgia del circonio en la invisibilidad de su proyecto más secreto, el de enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu. De eso los espías argentinos no tenían maldita la idea, porque no habrían tardado un minuto en vendérsela a sus colegas de la CIA.

Mucha gente nuclear confirmó, ya en democracia y para escándalo de los bienpensantes, deberle la vida a Castro Madero. Pero esto no cierra el caso. Hay demasiados muertos.

Si hay una línea nueva a ponerle a este expediente tan viejo, traigo a cuenta que, con un presidente recién estrenado y sin probar, lo peorcito de la Marina (Massera) y del Ejército (Luciano Benjamín Menéndez) trataron, cada parte por su cuenta, de apoderarse de la timonera de una institución hasta entonces casi autogobernada, un estado dentro del estado, y apropiarse de ese oscuro objeto del deseo de todo milico suficientemente bobo: su capacidad de hacer la bomba. No es creíble que la CIA haya sido solo un referí pasivo de este "vale todo y todos contra todos" con sólo tres en el ring: más bien fueron cuatro.

Eso explicaría que el proyecto que más desaparecidos tuvo fuera "Repro", el Laboratorio de Radioquímica donde desde 1974 y por orden de Perón como presidente se estudiaba la extracción de plutonio de combustibles quemados. Lo dirigía Antonio Misetich, recién doctorado en el Massachussets Institute of Technology y, por quilates y liderazgo, candidato probable a reemplazar al almirante Iraolagoytía en la presidencia de CNEA cuando Isabel Perón terminara su mandato presidencial. Misetich no sobrevivió.

El "vale todo" empezó la madrugada del 25 de marzo de 1976, cuando El Proceso cursaba su primer día en el gobierno. El Ejército rodeó la Sede Central en Núñez, y un retén apostado en la puerta de Libertador con los FAL y una lista, fue mandando a los elegidos para la desaparición a amucharse en el salón de actos. Todavía con grado de capitán de navío y armado de sólo su teléfono, Castro Madero empezó su presidencia mandando (¿cómo habrá hecho?) a "los verdes" a rajarse, rabiando y con los camiones vacíos, y a los aterrados del salón de vuelta a laburar, si podían, a sus respectivos laboratorios.

33 fueron salvatajes precarios. Los meses subsiguientes arreciaron casos de "chupados" en la calle o en sus casas.  Si Massera y Menéndez buscaban "la bomba de Perón" para ganar poder, ya fuera quedándosela o desmontándola públicamente ante autoridades yanquis (al estilo de Menem con el misil Cóndor II), estaban mal informados. Algunos sobrevivientes a la tortura perdieron los dientes y la salud explicando a sus frustrados verdugos que no existía ninguna bomba.

Como los muertos no cantan y ya debían irse sumando, el suplicio tuvo que ganar cierto profesionalismo nuclear: se fueron los picaneadores y fajadores sin posgrado y aparecieron, más compasivos pero muy exigentes, los colegas del Ejército, futuros coroneles todos con título de física nuclear del Balseiro: Luis Argüello, Ricardo Rapacioli y el inminente general Máximo Abbate: les dejaban a los cautivos en sus celdas un poco de "homework", ya que estaban al cuete: cálculos para resolver componentes críticos de una bomba de plutonio. Menéndez en abril o mayo de 1976 ya había aceptado que no existía ninguna bomba de Perón, al parecer, ¿pero acaso no merecía que le hicieran una a él?

Pasaron unos meses antes de que el Jefe de Operaciones III del Ejército entendiera que sin físicos y químicos nucleares vivos, la CNEA jamás le daría el plutonio necesario, y que más valía la pena dejar alguno en este mundo para que aquel coso, Castro Madero, pergeñara su LPR o como corno se llamara la instalación. El teléfono de Castro Madero debe haberse puesto al rojo por el uso mientras buscaba interlocutores que le explicaran despacito las cosas a aquel menguado. Lo que no entendió jamás el susodicho es que sin una "Production Facility" de baja irradiación, el combustible gastado de Atucha I o de cualquier reactorcito argentino estaría sobrequemado y con excesos intratables de plutonio 240. Como solia explicar el ing. Jorge Cosentino, a la sazón Jefe de Planta en Atucha I: para lograr un plutonio "como la gente" para usos militares, digamos con una pureza de isótopo 239 superior al 93%, el tiempo de estadía total de un elemento combustible en el corazón de la central debía reducirse de un día a una hora. Y andá a explicarle después a los inspectores gringos de OIEA para qué andás sacando esos fierros del horno antes de tiempo.

Y como no entendió bien eso del plutonio sobrequemado, y tampoco el régimen legal de salvaguardias, tipos inteligentísimos como Argüello, Rapacioli y Abbate –obediencia debida- tuvieron que quedarse hasta el 10 de diciembre en el LPR (que Castro Madero empezó a construir en 1978) inmersos en cálculos inútiles sobre cómo hacer una bomba con un núcleo sobredetonante, eso en una instalación a la que le faltaban U$ 200 millones de inversión adicional para reducir óxidos de plutonio a metal sin, además, contaminar a lo bestia las aguas de arroyos y napas. Y todo ese trabajo (imaginario, no existía el hardware) se haría "en estricto secreto" pero usando como materia prima elementos combustibles de Atucha I bajo salvaguardias, es decir vigilancia constante de los inspectores de OIEA.

No me quiero imaginar el aburrimiento de los susodichos uncidos a dar vueltas a sus cálculos como burros en una noria seca: el finado Abbate, para más inri, había sido el creador de la carrera de Ingeniería Nuclear en el Balseiro. Y es que Galtieri, cuando llegó, tampoco entendía las perplejidades físicas, ambientales y legales del reprocesamiento, de ahí ese boludeo al que sometió a sus hombres en la CNEA. La anécdota indica la capacidad intelectual del Ejército Argentino en los '70 y '80 para dirigir la CNEA, en caso que el golpe de mano de Menéndez en 1976 le hubiera permitido capturar la institución. Pero también dice mucho sobre Massera, cuya arma tenía más altos oficiales con doctorados nucleares. Era de teflón: no se le pegó ni una idea.

Si no fuera por lo que pasaron los desaparecidos y los sobrevivientes, tendría alguna amarga comicidad cómo quedará probablemente inscripto este episodio en la historia. Mucho más tarde, el 8 de enero de 2006, el periodista de investigación Daniel Santoro (Clarín) escribiría un artículo titulado "El plan de Galtieri para hacer la bomba atómica". Es impecable por la vastedad de la investigación, sólo que mi excolega confunde el boludeo matemático de cuatro expertos obligados a un trabajo que, por milicos obedientes, debían cumplir, y por físicos, sabían de una inutilidad perfecta. ¿Confundir eso con ingeniería real? No la hubo. No sólo las leyes internacionales sino las de la física (más intransigentes aún) privaban de toda realidad la fucking bomba de Galtieri. Mi colega y tocayo parece creer además que esto se hacía "como programa paralelo" a espaldas de Castro Madero, en instalaciones del LPR de Ezeiza y usando una computadora "mainframe" IBM 360, sin que don Carlos se enterara. Concuerdo en algo: era un Programa Para Lelos.



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